El Nerissa y los García de Vincentiis: una historia de amor, con casco de teca
- Dario D'Atri
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Si es cierto eso de que hay barcos que eligen a sus dueños, el Nerissa sin duda ha cumplido ese mandato. Clásico, de dieciséis metros, construido en Génova en 1965 sobre un diseño de Arthur Robb, Nerissa lleva treinta y dos años amarrado a la misma familia, más tiempo del que cualquiera de sus propietarios anteriores lo tuvo.
Por Darío D'Atri
Su patrón, Leonardo García de Vincentiis, lo sabe y lo dice sin grandilocuencia: “Lo compré cuando tenía veintinueve años y el barco tenía otros veintinueve. Hoy los dos sumamos más de ciento treinta."
Leonardo es presidente de la Asociación Española de Barcos de Época y Clásicos (AEBEC) y broker especializado en embarcaciones singulares. Tiene base en el Reial Club Marítim de Barcelona desde 2002. Cuando habla del Nerissa, la voz cambia de registro: deja de ser el profesional metódico que analiza estructuras de madera y se convierte en el hombre que escuchó, por primera vez, el chasquido del agua en una proa y decidió no bajar nunca más de un velero.
El motor que se apagó
Todo empezó con una motora. O mejor dicho: con el momento en que esa motora por fin enmudeció. Era la isla de Ponza, mediados de los años setenta, y el tío de Leonardo —hermano italiano de su madre— había decidido cambiar el barco de gasolina por uno de vela. La crisis del petróleo del 73 había disparado los precios del combustible en la isla, que llegaba en camiones cisterna vía ferry, y la economía impuso lo que el alma tardó poco en convertir en vocación.
"Yo estaba con la cabeza entre las manos, enfadadísimo. Quería correr. Quería una motora", recuerda García de Vincentiis. "Y entonces el tío apagó el motor del nuevo barco a vela. Oír el chasquido del agua en la proa fue un enamoramiento inmediato. Ya nunca más bajé de un barco de vela." El velero del tío era un Glastron Mister, menos de ocho metros, con el que recorrieron Ponza y Palmarola durante años. Con ese barco aprendió. Con ese barco y con la paciencia de un hombre que comenzó a entender el mar como una conversación más lenta.
Cuando cumplió veinticuatro años, el tío le pagó el título de capitán y le cedió el Mister. Leonardo salió con amigos, exploró el archipiélago pontino, y comenzó a forjarse como navegante independiente. Pero entonces llegó la moto, y con ella un paréntesis en el mar que duró lo que duró —hasta que conoció a Cecilia.
Cecilia y el Patito Feo
"Yo me voy con la moto", le dijo Leonardo a Cecilia durante el primer año de relación. "Y yo me voy a Les Glénans", respondió ella. Cecilia navegaba antes de conocerlo. Era casi monitora. La escuela francesa de los Glénans, brutal en su disciplina, la había formado en Bretaña con el mismo espíritu con el que se adiestra a la marinería en tiempo de guerra.
Fue ella quien inclinó la balanza. "¿Por qué no nos compramos un barquito?", propuso Leonardo. Tenían veintitantos años, vivían en Roma y no tenían ni idea de cómo comprar un barco. Recorrieron salones náuticos, miraron y tocaron, preguntaron. Hasta que un amigo les habló de una pieza que había en un puerto cercano: un Zigurat de 8,12 metros construido por CPR en Fiumicino, astillero de reputación intachable, conocido por la calidad de su resina y por vender los cascos sin acabar para que cada armador los completara a su gusto.
El que habían encontrado era una obra de arte casi por completo. Interior de teca con acabados redondos, mesa central, crucetas largas, burdas altas y bajas: un barco de regata pequeño pero exigente. "Lo llamé el Patito Feo porque el casco era amarillo. Era feo y era una maravilla", dice Leonardo, con esa contradicción que solo entienden los que han navegado mucho en poco espacio. El Patito Feo fue su escuela de aparejos, su laboratorio de maniobras, el primer hogar flotante de una familia que todavía no sabía que iba a vivir en el mar durante décadas.
(Este artículo se publicó en la edición de Agosto 2026 de la revista Skipper, de España)
El sueño gallego y el viraje hacia el Nerissa
Después de casarse, el plan era grande: una escuela de vela en Galicia, al estilo de los Glénans, en una costa que se parece a Bretaña y que tiene el mismo carácter de los mares del norte cuando se enfada. Buscaron socios, encontraron el lugar, elaboraron el proyecto. Pero la Federación Gallega de Vela tenía planes similares para el mismo emplazamiento, y una escuela privada compitiendo contra una semipública en el mismo tramo de costa no era una ecuación sostenible. El sueño gallego se disolvió.
"Le dije a mi mujer: con el dinero que teníamos para eso, nos compramos un piso en una aldea de pescadores y un barquito amarrado delante." Fue Cecilia quien cortó por lo sano: "Déjate de casas. Nos vamos al barco directo." Tenían el Patito Feo. Lo que necesitaban era un barco en el que vivir.
Durante casi un año —sin internet, sin bases de datos accesibles, solo con pistas y viajes— buscaron. Y desde casi el primer momento, un broker les hablaba del mismo barco: el Nerissa. Estaba en Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza. El precio era alto. Leonardo lo descartó. Siguió buscando. Encontró otro finalista: el Melisenda, un Sparkman & Stephens de trece metros, impecable, bien proporcionado, con una relación eslora-manga más equilibrada. Leonardo lo prefería. Era más manejable. "Un barco de dieciséis metros es enorme para nosotros", pensaba. "Pasamos de ocho a dieciséis. Gigantesco."
Entonces consultó a Gino Chiriachì, el mejor perito italiano de la época. Le mencionó los dos finalistas: Melisensa, de Sparkman & Stephens y Nerissa.
"Sparkman & Stephens —dijo Gino—. Bah. Olin Stephens hace barcos que trampean las reglas de medición. En realidad no son rápidos."
"¿Y el otro?"
"¿Cuál es el otro?"
"El Nerissa."
Silencio. Luego: "El Nerissa... ¡oh, el Nerissa! Qué recuerdos."
El Nerissa había pertenecido a Alberto Marone Cinzano, conde de Marone —el de los vermuts, primo del rey Juan Carlos—, y Gino lo peritaba cada año por encargo del aristócrata, que gastaba lo que hiciera falta para mantenerlo perfecto. "Lo que hacía Gino era un paseo", dice Leonardo riéndose. "Miraba el barco, decía que estaba perfecto, y comían juntos servidos por un camarero." La opinión de Gino tenía todos los fundamentos. Y con esa opinión se cerró el debate: el Melisenda quedó atrás para siempre.
Villefranche, enero del 94, delfines
Leonardo cruzó los Alpes en invierno para ir a ver el Nerissa. Nieve en el paso, y del otro lado Liguria con veinte grados y él cubierto de lana. Lo visitó. El precio seguía siendo alto. Volvió. Un año después, el broker le dio a entender que era negociable. Leonardo hizo una oferta muy por debajo de lo pedido —"era lo que tenía, no la mitad siquiera"— y, para su sorpresa, se cerró.
El barco fue construido en el astillero Beltrami di Turla, cerca de Génova, junto a un torrente que en invierno se desbordaba y mojaba los cascos en construcción. El Nerissa tuvo suerte en eso: cuando el torrente crecía, él estaba "in forma", como decía el director del astillero —con una cintura de tablas puestas una sí, una no— y se mojaba y se secaba sin sufrir. "Le vino de fábula para el secado final", contó el anciano director del astillero, que conoció a Leonardo hace treinta años y ya no está.
Pero el Nerissa tiene más historia que eso. Nació como Mistress Quickly —personaje de Shakespeare, "la señora rapidita"— por encargo de un abogado inglés llamado Mr. Whitehouse, que ponía nombres de la obra del bardo a todos sus barcos. Arthur Robb diseñó el velero en 1962, y Whitehouse pagó lo justo para arrancar la construcción, luego desapareció. El barco estuvo paralizado dos años. Se botó finalmente en 1965 cuando la deuda quedó saldada. Ese retraso tuvo consecuencias: la madera con la que fue construido —teca con ochenta años de secado, una partida encontrada quién sabe cómo— se benefició de cada inundación invernal del torrente como de una cura adicional. Un barco que llegó al mundo tardando más de lo previsto, y que quizás por eso llegó para quedarse.
El primer capitán del barco le contó a Leonardo que Whitehouse navegaba poco pero largo. Salía del puerto y mandaba apagar el motor. Llegaba a Grecia sin haberlo vuelto a encender. Y que a bordo regía una sola ley: hasta las doce del mediodía no se tocaba nada; a las doce se abría la sentina, que estaba llena de botellas de vino, y a partir de ese momento la jornada discurría de acuerdo con sus propias reglas. Había a bordo una cocinera —"una señora gordísima", según el viejo capitán de Nerissa, con la objetividad descriptiva que tienen los marineros para ciertas cosas— que no cocinaba nunca porque los señores siempre salían a comer afuera.
El día en que Leonardo y Cecilia probaron el Nerissa por primera vez, acompañados por Gino y el anterior propietario, apareció de pronto una manada de delfines. Cien, quizás más. El mar alrededor del barco se convirtió en un solo movimiento. "Yo no miraba el barco", dice Leonardo. Era un buen augurio. Era, más bien, la confirmación de algo que ya estaba decidido.
Vivir en el barco, con hijos
Compraron el Nerissa en 1994. Se quedaron tres meses en Villefranche aprendiendo a maniobrar dieciséis metros y veinte toneladas —habían pasado de tres toneladas a veinte, de ocho metros a dieciséis— y luego pusieron proa a Fiumicino, el puerto más cercano de Roma. Allí vivieron en el canal: el barco atrapado entre dos puentes que se abrían solo tres veces al día.
Vivieron en el Nerissa durante años. Con hijos. Tres hijos que fueron, en palabras de Leonardo, "niños de barco". El mayor llegó con el Patito Feo; las dos siguientes, con el Nerissa. Cecilia estaba a bordo hasta quince días antes de cada parto. "Estaba con la panza de embarazada hasta poco antes de cada nacimiento, navegando."
Cuando la familia creció y un tío puso a disposición un piso en Roma, bajaron a tierra un tiempo. Leonardo aprovechó para hacer en el interior lo que había querido siempre: barnizar los baos del techo, que estaba todo blanco. Hoy el barco tiene el techo blanco y los baos barnizados, el contraste que él buscaba.
En 2002 —exactamente treinta años después de que Leonardo llegara a Italia en julio del 72— dejaron Roma y cruzaron la costa francesa en el Nerissa hasta Barcelona. Se instalaron en un departamento en la Barceloneta. Pasó el tiempo y los hijos crecieron. Y en 2019, Cecilia se despertó una mañana y dijo: "Oye, ¿qué estamos haciendo aquí? Los niños se han ido. Tenemos el barco. Volvamos." Volvieron. Siguen viviendo a bordo.
La madera y el compromiso
Leonardo suele decir que los barcos de madera no son más que los de fibra —aunque entre paréntesis añade que sí lo son—. Lo que dice en voz alta es que son "más constantes": exigen presencia, atención continua, una relación que no admite el abandono. "No puedes coger un barco de madera, dejarlo en seco un año y irte a dar la vuelta al mundo a pie. El abandono lo pagas con creces."
Lo que no dice como argumento técnico, pero que subyace en cada decisión que toma sobre el Nerissa, es algo distinto: quien tiene un barco de madera con historia no solo cuida una embarcación. Cuida un legado. Cada intervención le plantea la misma pregunta: ¿esto añade originalidad o se la quita? "Ese es el momento de crisis", dice. "¿Lo modernizo o lo mantengo a la antigua?" Él siempre elige lo antiguo. Aunque si el dinero no alcanza, si las fuerzas fallan, su postura es pragmática: "Haz lo que quieras con tal de que el barco siga flotando y navegando. Ya llegará otro el día de mañana y lo arreglaremos como se debe."
El Nerissa tiene hoy sesenta y un años. Teca de ochenta años de secado, construida en el 65, barnizada con paciencia durante tres décadas por la misma familia. Sus velas más antiguas tienen más de cincuenta años y aún se usan. La sentina, contaba Gino Chiriachì, estaba tan limpia cuando llegó a sus manos que "si se te caía un bocadillo, podías cogerlo y seguir comiendo".
Ese nivel de cuidado no se hereda de un propietario a otro por casualidad. Se hereda porque alguien, en algún momento, decidió que el barco valía ese esfuerzo. Que la historia que llevaba en el casco —Whitehouse, Shakespeare, el torrente de Génova, el conde, los delfines de Villefranche— merecía ser protegida.
Leonardo García de Vincentiis decidió eso en el invierno de 1994, cruzando los Alpes cubierto de lana rumbo a una costa italiana de veinte grados. Y lleva treinta y dos años sin cambiar de opinión.









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