El tiempo lento del Ping XV
- Dario D'Atri
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- hace 2 días
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Debería estar mirando el mundo con preocupación, leyendo noticias, atendiendo urgencias, contestando mensajes, resolviendo problemas. Pero llega la Sitges Vela Clásica, asoma en el horizonte la Puig Vela Clàssica de Barcelona, y algo dentro de mí cambia de ritmo. Perdón, mundo: por unos cuantos días, no habrá diarios ni noticieros.
Por Darío D'Atri, columnas "Lo que el mar nos dice"
Tengo la suerte —una de esas suertes enormes que la vida cruza en el camino sin avisar— de navegar en el Ping XV, el más maravilloso Folkboat del mundo. Lo digo sin ninguna objetividad y sin el menor propósito de corregirme. El Ping XV es un Nordic Folkboat, una de esas criaturas nacidas para demostrar que la belleza no necesita exceso, que la nobleza puede caber en poco más de siete metros y que un barco sencillo, marinero y honesto puede contener una filosofía completa de vida.
Cuando subo a bordo, mi tiempo interior se pone en otro modo. Más lento. Más atento. Casi zen. El barco navega cerca del agua, como si no quisiera separarse demasiado del mar que lo sostiene. No hay pantallas que lo expliquen todo ni instrumentos que pretendan traducir el viento en números. Hay que mirar. Hay que escuchar. Hay que sentir en la cara de dónde viene la presión, entender la escora, leer una racha en la piel del agua, confiar en el barco y en su instinto.
Y está el sonido. Ese sonido del casco de madera, profundo y musical, como si uno navegara dentro de una guitarra. Cada crujido, cada golpe suave de ola, cada tensión del aparejo parece formar parte de una partitura secreta que solo se escucha bien cuando uno deja de tener prisa.
Por supuesto, quiero ganar. Me divierte como un loco preparar el barco, ajustar una maniobra, discutir una virada, mirar de reojo al rival y fantasear con una llegada gloriosa. También sé que, casi con seguridad, no voy a ganr. Pero esa es otra de las maravillas de la vela clásica: el resultado importa, claro que importa, pero nunca importa más que lo que ocurre alrededor.
En los pantalanes me esperan amigos nuevos y viejos, armadores que hablan de sus barcos como quien habla de un miembro de la familia, tripulantes que han elegido amar la madera, el bronce, la lona, la paciencia y los oficios antiguos. Gente que entiende que la vela clásica no es solo una categoría de regata, sino una manera de estar en el mundo. Una forma de respeto. Una estética. Una ética. Casi una pequeña religión laica, con olor a sal, barniz y café de primera hora.
Estos días quiero entender mejor al Ping XV. Quiero conocer mejor el mar. Quiero aprender de los barcos centenarios que me rodean, de sus historias, de sus cicatrices, de sus propietarios y de quienes los mantienen vivos. Quiero volver a sentir que navegar no siempre consiste en ir más rápido, sino en ir más despierto.
Y, sobre todo, quiero agradecer.
Agradecer que la vida me haya traído hasta Sitges. Agradecer este pequeño gran barco escandinavo, obstinado y elegante. Agradecer la posibilidad de escuchar el mundo desde una cubierta de madera, con una caña en la mano y el viento entrando limpio por la proa.



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