Golden Globe Race: héroes modernos de una epopeya que está a punto de cumplir sesenta años
- Dario D'Atri
%2019.12.40.png/v1/fill/w_320,h_320/file.jpg)
- hace 17 horas
- 3 min de lectura

En 1968 todavía quedaban espacios en blanco en el mapa de las hazañas humanas. Francis Chichester había regresado un año antes de su vuelta al mundo con escala en Sídney, pero nadie había conseguido circunnavegar el planeta en solitario, sin escalas y sin asistencia. El desafío parecía la consecuencia inevitable de todo lo anterior: salir, dejar atrás los tres grandes cabos y regresar al punto de partida sin recibir ayuda. Hoy podemos describirlo en una sola frase. Entonces suponía internarse durante meses en un territorio del que apenas llegarían noticias.
Por Darío D’Atri, columnas “Lo que el mar nos dice”.
La primera Golden Globe Race reunió a nueve navegantes y fue, al mismo tiempo, una competición, una aventura y un experimento difícilmente imaginable bajo los criterios actuales. No hubo una salida conjunta. Cada participante pudo zarpar cuando consideró que estaba preparado, entre junio y octubre de 1968. Tampoco existieron las exigencias de clasificación y seguridad que hoy acompañan a cualquier gran regata oceánica. Bastaba con tener un barco, reunir los medios necesarios y estar dispuesto a intentarlo.
Aquel grupo parecía extraído de una novela. Robin Knox-Johnston partió de Falmouth el 14 de junio a bordo del Suhaili, un queche de madera de apenas 9,8 metros construido en India. Bernard Moitessier eligió el Joshua, su sólido velero de acero. Chay Blyth se hizo a la mar sin experiencia previa de navegación, aunque había cruzado el Atlántico a remo. Bill King era un antiguo comandante de submarinos; Nigel Tetley competía con el trimarán Victress; Donald Crowhurst emprendió su viaje en el Teignmouth Electron, un barco apresuradamente construido y cargado de problemas.
De los nueve que salieron, solo uno regresó después de completar el recorrido. Knox-Johnston entró en Falmouth el 22 de abril de 1969 tras 312 días en el mar y se convirtió en el primer ser humano que daba la vuelta al mundo en solitario, sin escalas y sin asistencia. Su victoria, sin embargo, no explica por sí sola aquella Golden Globe. La dimensión de la regata también se encuentra en quienes no llegaron.
Nigel Tetley perdió su trimarán cuando le faltaban unas 1.100 millas para terminar. Crowhurst, atrapado entre un barco que no estaba preparado, sus dificultades económicas y la ficción de un viaje que nunca realizó, desapareció en el Atlántico después de una larga crisis personal. Moitessier, que tenía posibilidades reales de ganar, renunció a la competición, pasó de largo el Cabo de Hornos, volvió a cruzar el Atlántico, el Índico y continuó hacia el Pacífico. No quería récords, premios ni recibimientos. Quería seguir navegando. Acabó recorriendo una vuelta y media al mundo antes de arribar a Tahití.
En esos desenlaces caben casi todas las razones por las que alguien se enfrenta al océano: la ambición, la libertad, la huida, el conocimiento de uno mismo y, también, el peligro de no reconocer los propios límites. La primera Golden Globe fue una epopeya, pero no una fábula limpia. Estuvo hecha de valor y de errores, de preparación y de improvisación, de grandeza y de tragedia. Quizá por eso, casi seis décadas después, conserva intacta su capacidad para interpelarnos.
El próximo 6 de septiembre, una nueva flota partirá desde Les Sables-d’Olonne. Los 17 inscritos provisionales afrontarán el mismo recorrido esencial: una vuelta al mundo en solitario y sin escalas, siguiendo la ruta de los grandes cabos con barcos y medios de navegación inspirados en los disponibles durante aquella primera edición.
Naturalmente, el mundo alrededor de ellos ha cambiado. Hoy conocemos mejor los océanos, los barcos se someten a inspecciones rigurosas y los navegantes reciben formación médica y de supervivencia. Desde tierra se puede seguir su posición mediante satélites. Existen protocolos de emergencia, telemedicina, radiobalizas y sistemas capaces de alertar a la organización cuando algo deja de funcionar. La vuelta al mundo en solitario continúa siendo peligrosa, pero ya no es aquel salto casi ciego de 1968.
Tampoco queda un primer récord absoluto por conquistar. Knox-Johnston cerró esa puerta hace mucho tiempo y las generaciones posteriores han llevado la navegación oceánica hasta velocidades que entonces habrían parecido irreales. Sin embargo, reducir la aventura a los récords sería no comprenderla. El desafío fundamental nunca consistió únicamente en llegar antes o en ser el primero. Consistía, y sigue consistiendo, en saber qué hacer cuando no hay nadie más a bordo.
Un tracker puede mostrar un punto avanzando sobre una pantalla, pero no puede gobernar el barco durante una noche de temporal. Puede decirnos dónde está un navegante, aunque no cómo se siente ni qué decisión debe tomar cuando una vela se rompe, el piloto de viento falla o el cansancio empieza a alterar el juicio. La tecnología puede activar un rescate y reducir el tiempo de respuesta. No puede sustituir la experiencia, la paciencia ni esa forma de sabiduría que permite distinguir entre la prudencia y el miedo.
(Fotografía: Robin Knox-Johnston a bordo del Suhaili)



Comentarios