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Cinco Océanos

Jean Le Cam, el viejo guerrero elige un Swan 59 para volver al mar

  • Foto del escritor: Dario D'Atri
    Dario D'Atri
  • hace 1 hora
  • 4 Min. de lectura


Hay una imagen que no me sale de la cabeza. Un hombre de 65 años, con el pelo canoso y la cara curtida de quien ha cruzado cuatro veces el Cabo de Hornos en solitario, parado frente a un velero viejo y maravilloso, de fibra y madera, construido en 1986. Timonea su barco lento y pesado con la misma concentración que mucho tiempo atrás ponía para corregir el rumbo de su IMOCA en la Vendée Globe, navegando mares del Sur a 35 nudos.


Por Darío D'Atri, columnas "Lo que el mar nos dice".


Jean Le Cam —"el Rey Jean", como lo llaman en Francia sin ironía ni exageración— acaba de poner en el agua a Alegria, un Swan 59 cuadragenario que compró en Estados Unidos durante la pandemia y que ha pasado cinco años restaurando en Port-la-Forêt, el mismo puerto bretón donde nacen los sueños oceánicos franceses. Con él va a correr la Route du Rhum 2026, en la categoría Vintage. Y esa decisión, aparentemente simple, es en realidad una declaración filosófica sobre el mar, el tiempo y el sentido de navegar.


Para entender el peso de ese gesto hay que conocer la trayectoria de Le Cam. Seis Vendée Globe —la vuelta al mundo en solitario y sin escalas más exigente del planeta—, dos títulos de campeón del mundo IMOCA, tres victorias en la Solitaire du Figaro, un rescate épico de Kevin Escoffier en el Atlántico Sur cuando el barco de su rival se hundió a 40 grados sur. Un palmarés que lo pone en la misma conversación que los más grandes de la historia de la vela oceánica.


En los últimos Vendée Globe navegó a bordo de un IMOCA sin foils pero idéntico en espíritu a los monstruos voladores que dominan la flota moderna: cascos de carbono diseñados para surfear olas a velocidades que habrían parecido ciencia ficción hace veinte años. Barcos donde hay que sujetarse con arneses para no salir disparado por la borda, donde el ruido del casco golpeando las olas suena como un accidente continuo, donde dormir es una negociación permanente con el caos. Barcos extraordinarios, sin duda. Pero barcos que exigen al marino rendirse a la máquina.


Y entonces llega Alegría.


Un Swan 59 construido en los astilleros Nautor en 1986, con una eslora de casi dieciocho metros, un desplazamiento de varias toneladas y líneas de agua que son, en sí mismas, una obra de arte náutico. Los Swan son eso: barcos donde la ingeniería y la estética se dan la mano sin que ninguna de las dos ceda. Sólidos, lentos para los estándares actuales de la vela oceánica, pero con una manera de moverse sobre el agua que los barcos de carbono de hoy nunca tendrán. Una conexión física, casi táctil, con el océano.


Le Cam lo compró en 2020, lo trajo a Bretaña, y pasó cinco años transformándolo en un barco de regata sin quitarle lo que lo hace ser lo que es. "C'est un grand jour", dijo cuando lo volvió a poner en el agua este mayo. Es un gran día. Cinco palabras que, en boca de un hombre que ha cruzado el mundo en solitario seis veces, tienen un peso específico que no es fácil de traducir.


¿Qué le está diciendo Le Cam al mundo de la vela oceánica con esta elección?


Le está diciendo que la velocidad no es el único lenguaje del mar. Que existe otro ritmo, más lento y más antiguo, que los IMOCAs modernos han ido dejando atrás en su carrera hacia los cincuenta nudos. Que hay algo que se pierde cuando el barco deja de rozar el agua y empieza a volar sobre ella. Que navegar —en su sentido más hondo, más mineral— ocurre en ese contacto entre el casco y el océano, en ese diálogo de fuerzas que solo se escucha cuando uno va lo suficientemente despacio como para oír.


Pero Le Cam no es un romántico que renuncia a la competencia. El Swan va a correr. Va a cruzar el Atlántico desde Saint-Malo hasta Pointe-à-Pitre. Va a competir en la categoría Vintage y, como siempre, Le Cam va a ir a ganar.

 

Lo que cambia es la naturaleza de la apuesta. En un IMOCA, el marino lucha contra el mar para ir más rápido que el mar. En un Swan 59, el marino negocia con el mar para ir lo más lejos posible sin romper nada. Son dos filosofías que producen dos tipos de marineros y dos tipos de memoria oceánica. Le Cam las conoce a las dos desde adentro. Y está eligiendo, al menos por ahora, la segunda.


Hay algo profundamente honesto en eso. Una carrera larga —y la de Le Cam es una de las más largas y brillantes de la historia de la vela oceánica— te enseña cuándo estás navegando para demostrar algo y cuándo estás navegando para encontrar algo. Los IMOCA modernos son máquinas de demostrar: velocidad, tecnología, resistencia humana en condiciones extremas. El Swan 59 es una máquina de encontrar: el ritmo del viento, la lógica de las corrientes, esa conversación silenciosa que solo ocurre cuando uno lleva días solo en el mar y empieza a entender que el océano tiene sus propios tiempos y que lo más inteligente es aprender a moverse dentro de ellos.


Alegría. Le Cam le dejó el nombre que ya tenía cuando lo compró. Alegría. En castellano, en un barco bretón, pilotado por un francés que va a cruzar el Atlántico. Hay algo en ese nombre que suena a decisión tomada con calma, sin nostalgia, pero tampoco sin consciencia de lo que significa volver a un barco como ese después de todo lo que ha navegado.


El mar no tiene una sola velocidad. Tiene muchas. Y uno de los más grandes navegantes oceánicos del mundo acaba de recordárnoslo con la mejor de las argumentaciones posibles: haciendo lo que dice.

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Dream of Blue Water - Escritura y Navegación - Darío D'Atri

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