Siempre volvemos a las tormentas
- Dario D'Atri
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- hace 3 días
- 2 min de lectura

Hace unos días leía las crónicas de la segunda etapa de La Solitaire du Figaro. Hablaban de una wild night frente a la costa gallega: tormentas, células eléctricas atravesando el cielo, encalmadas repentinas y ráfagas que pasaban de cero a treinta nudos en pocos minutos. Los patrones explicaban que apenas habían dormido. Que debían permanecer vestidos y preparados para cambiar velas, corregir el rumbo o reaccionar a cualquier desplazamiento del viento. Uno de ellos decía que, en esas condiciones, había que tenerlo todo listo en la bañera para maniobrar en segundos.
Por Darío D'Atri, columnas de "Lo que el mar nos dice"
Mientras lo leía, pensé inmediatamente en Finisterre. No en el Finisterre de los pilotos automáticos, de los GRIB descargados cada pocas horas o de las pantallas llenas de colores. Pensé en otro Finisterre. El de aquellas horas en el White Shadow, durante la vuelta al mundo, cuando todavía faltaba tiempo para que llegara el golpe y todos sabíamos que iba a llegar.
Curiosamente, el momento más difícil de una tormenta casi nunca es la tormenta. Es la espera.
La tormenta tiene algo casi tranquilizador: cuando llega, deja de haber demasiadas preguntas. Hay trabajo. Una especie de estado primitivo donde la cabeza se simplifica y el mundo se reduce a unas pocas cosas importantes.
Pero antes ocurre algo distinto. Antes aparecen las preguntas. Empiezas a mirar el horizonte demasiado seguido. Revisas una y otra vez la previsión que ya conoces de memoria. Intentas interpretar el color de las nubes, la textura del mar, la presión que cae lentamente. Te preguntas cuánto viento traerá realmente. Si vendrá antes o después. Si será peor de lo esperado.
Y en algún momento —casi siempre cuando cae la noche— aparece otra pregunta más incómoda. ¿Por qué estoy aquí? No es miedo exactamente. O no solamente miedo.
Es una pregunta que aparece con una sinceridad brutal porque el mar elimina muchas capas inútiles. La vida en tierra permite distraerse. Hay ruido, trabajo, reuniones, pantallas, conversaciones. Pero en medio del océano, esperando un frente que sabes que llegará durante la madrugada, no queda demasiado espacio para esconderse.
¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué siempre regreso a esto? ¿Por qué, después de jurar algunas veces que ya era suficiente, uno vuelve a encontrarse navegando hacia otra noche complicada?
Es curioso porque, en tierra, muchos cuentan las tormentas como si fueran medallas. Las transformamos en historias. En anécdotas. En fotografías mentales que años después parecen incluso bonitas. Pero nadie echa de menos realmente una tormenta mientras la está esperando.
Lo que uno termina echando de menos es otra cosa. Esa claridad. Desaparecen las estupideces y solo importa el viento, la mar, sobre todo los sonidos del barco.
Y quizá por eso volvemos. No porque nos gusten las tormentas. Creo que a pocos marinos les gustan de verdad. Volvemos porque, a veces, en esas wild nights el mar hace algo extraño: elimina todo el ruido y nos devuelve una versión más simple de nosotros mismos.
Mientras esperamos que llegue el golpe, volvemos a preguntarnos “¿qué demonios hago aquí?”, en el fondo sospecho que ya conocemos la respuesta. Porque siempre terminamos regresando.


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