Pelear el mar, escuchar el mar
- Dario D'Atri
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- 23 jul
- 4 min de lectura

Hay una hora, en el Estrecho entre el Mediterráneo y el Atlántico, en la que uno debería dejar de mirar el plotter. No porque el dato deje de importar, sino porque el barco en la pantalla no se mueve y mirarla se convierte en una forma de castigo. Salimos de Málaga con poco viento, perspectivas de poniente fresco y, sobre todo, de corriente entrando al Mediterráneo justo cuando pensabamos en salir. El viento en la cara y, debajo del casco, un río empujando hacia donde no queríamos ir. Dos fuerzas en apariencia desconectadas, poniéndose de acuerdo para negarnos el paso.
Por Darío D'Atri, columnas "Lo que el mar nos dice".
El Pogo 36 no sabe o no le gusta negociar. Es un barco construido para ir hacia adelante y no tiene manera de disimularlo. La mayor es enorme, desproporcionada respecto de lo que uno espera al mirar el barco amarrado, y cuando la racha entra limpia el barco se mete solo contra el viento, como un caballo que se desboca y que la caña apenas alcanza a discutir. Me costó aprender que el timón parece gobernarse mejor en soledad. En ceñida, con esa ola corta y dura que arma el Estrecho, el casco cae plano sobre el agua con un ruido seco, sin resonancia, y el temblor recorre el barco entero de proa a popa. Uno lo siente en el estómago antes que en los oídos.
Tiramos bordes durante un buen rato sabiendo que no íbamos a pasar. Ganábamos algo hacia el oeste y el agua nos lo devolvía en la virada. Cuando finalmente metimos proa hacia la bahía de Algeciras, a buscar reparo por unas horas bajo el Peñón, no hubo alivio inmediato: hubo primero un silencio raro a bordo, el silencio de cuatro tipos que aceptan que el mar decide la hora de salida y también la de llegada. Después, con el barco quieto, amarrados ya en La Línea, nos consolamos con el Francia-Inglaterra del tercer puesto en un restaurant de esos que más vale olvidar.
Una semana antes yo estaba tan cerca del agua que podía tocarla sin estirar del todo el brazo.
Fue en la Puig Vela Clàssica de Barcelona, a bordo del Ping XV, un folkboat original de bandera noruega, siete metros y medio de madera pensados hace casi un siglo para un mar frío de fiordos cerrados y para gente sin apuro. Uno no navega un folkboat: uno se instala adentro. La banda queda a la altura del codo, la escora acerca las sentaderas al agua y, cuando la ola rompe contra el costado del casco, el sonido no viene de afuera. Viene de adentro. La madera devuelve el golpe convertido en otra cosa, una nota grave y llena, como si estuviéramos sentados dentro de la caja de una guitarra y alguien golpeara la tapa desde el otro lado. En un barco moderno el mar se oye menos que el viento. En un folkboat, el mar resuena todo el tiempo.
Competíamos en la clase Época Bermudian contra gigantes de dieciocho metros. La diferencia de tamaño era casi un chiste, salvo por un detalle: en la ola corta del litoral de Barcelona, esos gigantes se abren camino y nosotros no. Ahí estaba nuestro miedo. No zozobrar, no romper nada: quedarnos parados. Que una serie mal encarada nos comiera la poca inercia que teníamos y que el barco se detuviera con las velas llenas, humillado, mientras el resto de la flota seguía. En un folkboat hay que administrar la velocidad, no solo ganarla.
El miedo del Pogo, a partir de Gibraltar, en la madrugada del domingo, en cambio, tenía nombre propio y aletas.
Pasado el Estrecho, rumbo a Cádiz, dejamos de navegar donde marca la lógica. No fuimos hacia adentro, fuimos hacia la costa, buscando los quince metros de sonda que en teoría desalientan a las orcas. Navegamos casi en la rompiente, con el barco pisando el borde de un agua que se levantaba a nuestro costado, mirando la playa lo bastante cerca como para distinguir a la gente, con la sonda como único credo. Es una manera absurda de navegar: un barco oceánico, preparado para cruzar el Atlántico, escondiéndose de un animal demasiado inteligente, que debe bajarse todas las apps anti orcas para reírse de los planes que hacemos los humanos para evitarlas. Ibamos ahí, en fila india con otros veleros que hacían exactamente lo mismo, todos convertidos por unas horas en los barcos más temerosos del planeta.
El Pogo propone el barco como respuesta a la voracidad del mar. Es una máquina para oponerse: potencia contra potencia, la mayor enorme como el ala de un Airbus, el casco diseñado para saltar por encima de lo que no se puede atravesar. Se navega con el cuerpo tenso y la cabeza puesta en el próximo golpe. Uno sale de esas horas exhausto y contento, con la sensación limpia de haber peleado.
El folkboat propone otra cosa. La madera no se opone: absorbe, transmite, devuelve. El barco se mueve con la ola y no contra ella, y la tripulación termina siendo una prolongación del casco, cuatro personas encajadas en un volumen mínimo, moviéndose lo justo, hablando bajo. Ahí uno no le gana nada al mar. Uno se acomoda a un ritmo que el barco ya tenía definido en 1942 y que no piensa cambiar por nuestra ansiedad. Ese ritmo es más lento y sospecho que también es más sabio, aunque me cueste admitirlo, porque el otro —el de la potencia, el de los bordes largos y los golpes— sigue siendo el que me sale primero cuando alguien me pregunta por qué navego.
Tal vez la diferencia no esté en los barcos sino en lo que cada uno nos permite escuchar. En el Estrecho, con el poniente encima, el mar no dice nada: grita, y uno contesta con la caña y las velas. En el folkboat, con la oreja a treinta centímetros del agua y la madera resonando debajo, el mar habla en un tono más bajo, y hay que quedarse quieto para entender algo.




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