Recuerdos de lo imprevisto
- Dario D'Atri
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- 30 jul
- 3 min de lectura

Hace tres años, un martes 8 de agosto frente a Portugal, aprendí que el mar no castiga la previsión de los humanos, la ignora.
Zarpamos de Barcelona el 1 de agosto de 2023 para llevar el White Shadow hasta Southampton, donde el 10 de septiembre nos iban a disparar el cañonazo de salida de la Ocean Globe Race. En el papel eran dos semanas de traslado. Un trámite. Pero trámite es una palabra de tierra firme.
Por Darío D'Atri, columnas "Lo que el mar nos dice"
La mañana del 8 de agosto, frente a las costas de Portugal, con la mesa mental ya lista para una cena de verano en algún restaurante de Lisboa, escribí en mi cuaderno personal de bitácora dos preguntas que hoy leo con vergüenza y con alguna ternura: si aquellos primeros días serían el comienzo de un nuevo ritmo del cuerpo y del alma, si serían las primeras horas de un resto de vida menos temeroso del paso del tiempo. Un hombre de cincuenta y seis años pidiéndole al vaivén de las olas que le cambiara la frecuencia interna. Inocentadas de alta mar.
Tres párrafos más abajo, en la misma página, con otra letra, más rápida, hay un paréntesis: “(El motor hace ruido y todo se detiene)”.
No hay editor capaz de mejorar esa transición.
El motor no hizo ruido por hacer. Se rompió. Voló los silentblock (palabra que descubrí ese día) y quedó como un mastodonte, apoyado sobre el casco del White Shadow. Fue el principio de las roturas de ese Atlántico recién inaugurado. Detrás vinieron las dos desalinizadoras y, peor aún, una falla en el pasacascos del eje del timón, que en un barco que se va a los cuarenta bramadores no es una pieza más.
¿Cena en Lisboa? No esta vez. Entramos a vela en la ría de Vigo la madrugada del jueves 10, sin motor, sin agua dulce y con el eje moviéndose a izquierda y derecha en cada giro de la rueda. Nos esperaban trece días en Marina Dávila para correr con las últimas reparaciones y zarpar hacia Inglaterra a tiempo para la largada.
Vigo fue, exactamente, el lugar impensado adonde caímos de madrugada para intentar dejar todo listo, todo previsto para la vuelta al mundo. Y ahí está lo que quería contar tres años después, porque habla menos del barco que de nosotros.
Arreglamos el motor a medias: empujaba, pero a mil vueltas escasas y vibrando más de lo aceptable. Reparamos el pasacascos del timón con parches de carbono, desde arriba y en el agua, cuando el sentido común indica que eso se hace desde adentro y desde afuera, y en seco. Reparamos lastimosamente las desalinizadoras. Consolidamos la botavara. Dejamos el barco en modo reglas de regata, que no es modo oceánico. Con esa lista incompleta y ese arreglo hecho al revés nos fuimos a dar la vuelta al mundo.
Descubrí algo más en aquellos trece días. Descubrí que era supersticioso. Un periodista de cincuenta y seis años, escéptico profesional, que en la intimidad de un cuaderno tenía miedo de escribir "vuelta al mundo" por si al nombrarla despertaba a algún oscuro espíritu de la mala suerte y se volvía a romper el barco. El océano tiene esa manera de presentarte a gente que vive adentro tuyo desde hace décadas y a la que nunca te habían presentado.
Ahí está, para mí, lo bello de todo esto. No en el riesgo, que es una tontería de folleto, sino en el hueco que se abre entre lo que uno previó y lo que efectivamente pasa. En ese hueco vive la aventura. Un mar que se comportara según nuestros cálculos sería un mar administrativo, y nadie escribió nunca nada digno de leerse sobre una llanura de agua obediente.
Salimos de Vigo esperando lo peor del Golfo de Vizcaya, que es lo que uno espera del Golfo de Vizcaya. Y finalmente, navegamos las setecientas millas hasta Inglaterra en tres días, casi sin darnos cuenta, con un mar que fue todo menos violencia.
Habíamos previsto Vizcaya de aguas violentas. No habíamos previsto un martes de agosto y de roturas frente a Portugal, con la mesa puesta para una cena en Lisboa.



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