Un día de clases en la Escuela de Vela Adaptada de Sitges
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Son poco más de las diez de la mañana y el Port de Sitges Aiguadolç todavía tiene esa calma espesa de los días de entresemana, con el agua quieta entre los pantalanes y algún patrón que revisa cabos sin prisa. Pero en el muelle donde tiene su base la Escola de Vela Adaptada (EVA) esa calma dura poco. Empiezan a llegar, de a uno, de a dos, en coches particulares y furgonetas adaptadas, Christian, Berta, Laia, Martín, Mar, Thèmis, Éric, Sofiya, Arnau y Pol. Diez nombres, diez historias, diez alumnos y alumnas en situación de discapacidad, y una sola cosa en común: hoy tienen clase de vela.
Montse Renom los recibe a todos. Lleva 34 años haciendo exactamente esto —recibir alumnos, uno por uno, en este mismo muelle del Port de Sitges— y sin embargo se la ve moverse con la energía de alguien que empieza. Junto a ella, los monitores Elma, Sara, Marc, Pep, Martina y Michal, y la voluntaria Ana María, reparten tareas casi sin hablar, como quien conoce de memoria una coreografía: aparejar los raqueros, tensar las velas, montar los timones, revisar los chalecos, dejar los Hansa 303 listos junto al pantalán. Es un trabajo manual, de manos en la driza y rodillas en cubierta, que no tiene nada de solemne, aunque lo que va a pasar después sí lo tenga.
Porque lo que distingue a esta escuela no es el ritual de aparejar barcos —eso ocurre cada mañana en cualquier club náutico del mundo—, sino lo que ocurre justo antes de zarpar: el momento del embarque. Algunos alumnos bajan por la rampa caminando solos, despacio, con el paso firme de quien ya conoce cada tabla del pantalán. Otros llegan acompañados, apoyados en un monitor o en un bastón. Y a otros hay que subirlos a bordo suspendidos de una pequeña grúa que los levanta desde la silla y los deposita, con un cuidado casi quirúrgico, en el copit del barco. No hay drama en la escena, ni tampoco heroísmo impostado: solo la logística tranquila de gente que lo ha hecho miles de veces. Lo notable es lo que sucede en la cara de cada uno de ellos apenas tocan la cubierta: algo se afloja, algo cambia. En tierra muchos de ellos cargan con las dificultades del día a día. En el barco, esas dificultades simplemente se quedan en el muelle, junto con las muletas y las sillas de ruedas.
Thèmis y Martín son, en cierto modo, los “veteranos” del grupo, aunque apenas tengan 8 y 9 años: empezaron a navegar con la EVA a los cuatro y siete años respectivamente, hoy llevan ya años subiéndose a un velero de la escuela EVA del Port de Sitges. El resto del grupo abarca un arco que va de los ocho a los veintinueve años, y ahí está también una de las claves silenciosas de esta escuela: aquí nadie se gradúa. Se crece, se navega mejor, algunos incluso terminan compitiendo en regatas, pero el vínculo con la EVA y con el mar de Sitges no caduca con la edad.
Salen a la bahía en fila, unos con viento propio y otros remolcados por la lancha de apoyo, y ahí —fuera ya del puerto, con Sitges recortada contra la colina de Sant Sebastià— es donde de verdad arranca la clase. Si el viento acompaña, se navega en la bahía abierta; si aprieta el calor de agosto, hay una zambullida colectiva con los veleros haciendo de nave nodriza, los chalecos flotando en corro alrededor del casco. Si el mar está revuelto o el viento no da tregua, la clase se hace dentro del puerto, tirando bordos cortos entre pantalanes, improvisando pequeños duelos de barco a barco que a los chicos, evidentemente, les entusiasman más que cualquier explicación teórica.
Lo que queda de todo esto, más que la técnica —que también se aprende, y en serio: rumbos, ceñidas, el respeto al viento—, son las risas. Cruzan el agua de un barco a otro, se mezclan con el ruido de las escotas y el golpeteo de las velas, y son, probablemente, la mejor radiografía posible de lo que esta escuela consigue desde hace casi cuatro décadas.
Detrás de esas risas hay un trabajo de precisión que casi nunca se ve desde la orilla. Montse y su equipo trabajan por separado la discapacidad física, la intelectual y la sensorial, con métodos que llevan años puliendo: para unos, atención extrema a las transferencias, a las lesiones posturales, a los tiempos cortos de navegación; para otros, roles claros a bordo y refuerzo constante; para los alumnos con discapacidad visual, un aprendizaje casi táctil del barco, mástil por mástil, escota por escota, hasta que el velero deja de ser un objeto desconocido y se convierte en una extensión del cuerpo. El resultado, cuentan quienes llevan años en esto, sorprende siempre: los alumnos ciegos aprenden a leer el viento en la piel, a distinguir un cambio de escora antes que muchos videntes.
Entre los seis monitores de la jornada hay uno, Michal, cuya sola presencia condensa buena parte de lo que significa la EVA. Empezó como alumno en 2004, siendo apenas un chaval, y hoy vuelve cada fin de semana que hay entreno, ya no a bordo como alumno sino como monitor voluntario, a enseñar lo que a él le enseñaron. No es un caso aislado dentro de la escuela, pero sí un símbolo perfecto de su lógica interna: aquí el conocimiento del mar no se transmite de arriba hacia abajo, sino en círculo, de generación en generación de navegantes que un día llegaron con miedo al agua y hoy son ellos quienes sostienen a los que llegan.
Las cifras, cuando se las pone una al lado de la otra, dan una dimensión que no siempre se percibe desde el pantalán. Desde su fundación en 1988 —por iniciativa de la doctora y regatista Victoria Fumadó, con Montse Renom al frente desde el primer día— más de 6.000 personas con discapacidad han pasado por la Escola de Vela Adaptada de Port de Sitges. Multiplicado por familias, hermanos, amigos que también han cambiado sus vidas al ver a sus hijas e hijos subirse a un Hansa 303 o un raquero adaptado, la cifra real de vidas tocadas por esta escuela se cuenta, sin exagerar, en decenas de miles.
La actividad no se limita a este núcleo estable de alumnos, se imparten bautizos de mar, cursos a medida, actividades para grupos, y en verano, la EVA organiza también el Esplai Náutico Aiguadolç, siete semanas de campus para niños y niñas de cinco a catorce años —con o sin discapacidad— en las que este año han participado más de cien chicos. Es la otra cara de la misma idea: que el mar de Sitges sea, de verdad, un espacio sin restricciones. El apoyo total del Port de Sitges es la condición necesaria para que todo pueda ocurrir en la Escuela de Vela Adaptada.
Cuando la clase termina y los barcos vuelven a los pantalanes, la escena se repite en espejo: bajar exige la misma paciencia, la misma grúa, las mismas manos firmes que antes ayudaron a subir. Christian, Berta, Laia, Martín, Mar, Thèmis, Éric, Sofiya, Arnau y Pol dejan atrás el barco con la ropa mojada y una sonrisa que no necesita traducción. Montse ya está pensando en la próxima semana. El mar de Sitges, mientras tanto, sigue ahí, exactamente donde lo dejaron, esperando la próxima embarcada.



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