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Cinco Océanos

  • Foto del escritorDario D'Atri

A rumbo de las ballenas, en el Estrecho de Magallanes

Segunda parte del relato "La estela de las ballenas". Una tarde inimaginada, con el timón del Fernandé a merced de los antojos de dos ballenas. El comienzo de algo impensado...



Llegamos en nada a las cercanías de la Isla Dawson y viramos rumbo al norte, rumbo a Punta Arenas. Unas 30 millas de mar algo picado por el viento encajonado del Estrecho no tan estrecho de Magallanes. Treinta millas que se convertirían por arte de mamá ballena y bebé ballenato en una larga y apasionante tarde de decenas de bordes para tratar de acercarnos a esa estela de las ballenas que nos atraía como al Capitán Ahab, aunque con mejores intenciones.


Mayor y Mesana, las niñas oceánicas del Fernandé corrían de proa a popa, de babor a estribor buscando los rastros de la ballena adulta, sabiendo que a su lado siempre estaría el ballenato. El capitán y sus novatos tripulantes comenzamos a seguir las órdenes de dos niñas capaces de distinguir cada especie de pájaros del Atlántico Sur, educadas en la escuela de viajes antárticos.


Achicamos velas y arriamos otras para maniobrar con más facilidad, asumiendo que esa aventura que acababa de comenzar no demandaba acelerar el tiempo. Al contrario, navegar con ballenas, aún a buena distancia, sería desde ese momento y hasta el atardecer una forma de hacer desaparecer mágicamente el fragor rutinario de unas vidas rutinarias. El ruido y las muchedumbres que esa misma mañana me habían acobardado en los pasillos incómodos del Aeroparque porteño simplemente se esfumaron. Comenzaba allí mismo una viaje de rostros helados y vientos liberadores. La estela de las ballenas nos marcó por horas el rumbo y comenzó a organizar internamente, a paso acelerado, un cambio que no imagine ni presentí.


Fernandé navegaba ahora sin la urgencia de una ceñida apretada. Rumbos en zigzag en el Estrecho que ahora se había transformado en un canal de las ballenas. Sin GPS ni plotter que atender, de allí en más nuestra proa fue proa al aire salpicado de mar que veíamos como vapor surgir del espiráculo de la ballena y su ballenato. Navegar al rumbo de las ballenas nos transformó en seres que no éramos unas pocas horas antes. Sin conexión aparente con la madre y su ballenato, la estela del Fernandé tras las estelas de las ballenas se convirtió en un camino en el mar dominado por la maravilla de lo imprevisto, y, mucho más, en un antídoto perfecto contra la previsión y la maldita costumbre de trazar planes. Nunca se enteraron las ballenas del Estrecho, pero lograron comenzar a cambiar, en pocas horas, el mapa existencial de un ser domesticado por el ritmo de las agendas y de los planes marcados de objetivos absurdos, pragmáticos, vacíos.



Creo que nos dimos cuenta todos, sin confesarlo, que las ballenas jugaban el juego de ser perseguidas y así lograron lo que hicimos, transformarnos en súbditos de sus antojos de nortes, estes y sures. El timón cambió de las manos de unos marineros y su nave velada a los antojos del verdadero timón, el de las ballenas. Así, por horas, seguimos sus rumbos hasta que la decisión unilateral de desaparecer de nuestra vista, sumada al frío y a la llegada inminente de las oscuridades del atardecer, nos obligó a poner proa al muelle de Punta Arenas.


La ciudad llevaba horas a la vista aunque ahora sí fue destino buscado. Arribamos por el lado norte del muelle Prat y amarramos con la banda de babor sobre el concreto, separados por enormes defensas que nos protegerían en los próximos días del frente de mal tiempo que nos esperaba. Ya era hora de pensar en una comida caliente y en una noche larga de sueño profundo.


El día que anochecía, casi 20 grados al sur de la Buenos Aires que dejamos al amanecer, desordenadamente fue instalando el mar como protagonista excluyente de lo que estaba por venir. Los vientos, las mareas, el interminable laberinto interior del Fernandé, los mareos, vómitos y noches de Bach en el salón del piano Yamaha del capitán… no harían otra cosa que comprobar lo que las ballenas y sus rumbos dominantes habían insinuado unas horas antes: lo imprevisible del Mar es la esencia misma de la vida en el océano. Esa vida que como humanos no nos pertenece, hasta que decidimos tomarla como propia y, dejando a un lado los temores y terrores a las tormentas y los naufragios, la elegimos como plan sin plan de vida, dispuestos a renacer cada vez que cambia el viento. Eso mismo es lo que comenzó ese día.


Ese día la inseguridad y el miedo fueron por primera vez un objetivo, precio a pagar, necesario para intentar romper las cadenas invisibles de la normalidad.

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