A rumbo de las ballenas, en el Estrecho de Magallanes
- Dario D'Atri
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- 14 jun 2024
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 9 abr
Segunda parte del relato "La estela de las ballenas". Una tarde inimaginada, con el timón del Fernande a merced de los antojos de dos ballenas. El comienzo de algo impensado...

[Resumen de la parte 1]
El Fernandé flota en Bahía Mansa, en Puerto del Hambre, a unas treinta millas de Punta Arenas. La escena inicial parece suspendida en una calma engañosa: un gran ketch de aluminio esperando a dos tripulantes retrasados mientras el frío del Estrecho de Magallanes ya anuncia que mayo no es tiempo de concesiones. El viaje hasta allí —vuelo, carretera, viento— es apenas el umbral de algo más profundo que todavía no se revela.
No hay verdadera espera. Un frente se aproxima y obliga a zarpar sin ceremonias. Apenas subir a bordo, el capitán impone el ritmo: levar ancla, velas arriba y rumbo a Punta Arenas. El Fernande, con sus 72 pies, se transforma de objeto distante en una máquina viva, precisa, casi autónoma. Navega con una naturalidad que desconcierta. A diez nudos, cortando el agua helada del Estrecho, parece no necesitar tripulación.
El viento de proa obliga a ceñir. Las treinta millas no serán rectas. El barco busca barlovento hacia la isla Dawson mientras el capitán, dueño absoluto del velero, ejecuta maniobras con una autoridad que sólo dan décadas de mar. Los recién llegados apenas observan. Todo ocurre con una fluidez que roza lo invisible: velas, escotas, rumbo… como si el barco y el hombre fueran una misma cosa.
El paisaje se abre áspero y cargado de historia. Nombres como Bahía Inútil o Puerto del Hambre no son metáforas, sino huellas de naufragios, hambre y muerte. Navegar allí es avanzar sobre una memoria de siglos. La referencia a Port Famine, bautizado por Cavendish entre cadáveres de colonos, imprime al viaje un peso que va más allá de la geografía.
En ese escenario hostil emerge algo más íntimo. El viento en la cara, el frío, las gotas de mar, despiertan un recuerdo infantil en La Pampa: tardes de invierno pedaleando bajo el mismo viento, la misma sensación física que ahora revela otra dimensión. Lo que entonces era juego, ahora es conciencia. La libertad deja de ser una idea repetida y se vuelve experiencia concreta, casi violenta.
Ese instante, aparentemente trivial, comienza a resquebrajar una vida entera. Años después, ese rumbo en el Estrecho volverá como una certeza: algo cambió allí para siempre. El mar, con su crudeza, había empezado a desmontar la comodidad de la vida en tierra.
Mientras tanto, a bordo, la vida se reorganiza. El piloto automático —invención del propio capitán— toma el control con una precisión inquietante. La familia del capitán aparece como parte natural del barco: su mujer, sus hijas, un hombre mayor que pronto desembarcará. Las niñas, rebautizadas como Mayor y Mesana, se convierten en el verdadero centro emocional del viaje.
Así comienza la travesía: no sólo un recorrido físico desde el Estrecho de Magallanes hacia el Atlántico, sino el inicio de un tiempo interior que, como la estela del barco, seguirá extendiéndose mucho después de abandonar esas aguas.
Parte 2.
Llegamos en nada a las cercanías de la Isla Dawson y viramos rumbo al norte, rumbo a Punta Arenas. Unas 30 millas de mar algo picado por el viento encajonado del Estrecho no tan estrecho de Magallanes. Treinta millas que se convertirían por arte de mamá ballena y bebé ballenato en una larga y apasionante tarde de decenas de bordes para tratar de acercarnos a esa estela de las ballenas que nos atraía como al Capitán Ahab, aunque con mejores intenciones.
Mayor y Mesana, las niñas oceánicas del Fernandé corrían de proa a popa, de babor a estribor buscando los rastros de la ballena adulta, sabiendo que a su lado siempre estaría el ballenato. El capitán y sus novatos tripulantes comenzamos a seguir las órdenes de dos niñas capaces de distinguir a la distancia cada especie de pájaros o especie marina del Atlántico Sur, educadas en una escuela soñada de viajes antárticos.
Achicamos velas y arriamos otras para maniobrar con más facilidad, asumiendo que esa aventura que acababa de comenzar no demandaba acelerar el tiempo. Al contrario, navegar con ballenas, aún a buena distancia, sería desde ese momento y hasta el atardecer una forma de hacer desaparecer mágicamente el fragor rutinario de unas vidas rutinarias. El ruido y las muchedumbres que esa misma mañana me habían acobardado en los pasillos incómodos del Aeroparque porteño simplemente se esfumaron. Comenzaba allí mismo un viaje de rostros helados y vientos liberadores. La estela de las ballenas nos marcó por horas el rumbo del Fernande y comenzó a organizar internamente, a paso acelerado, un cambio que no imagine ni presentí.
Fernande navegaba ahora sin la urgencia de una ceñida apretada. Rumbos en zigzag en el Estrecho que ahora se había transformado en un canal de las ballenas. Sin GPS ni plotter que atender, de allí en más nuestra proa fue proa al aire salpicado de mar que veíamos como vapor surgir del espiráculo de la ballena y su ballenato. Navegar al rumbo de las ballenas nos transformó en seres que no éramos unas pocas horas antes. Sin conexión aparente con la madre y su ballenato, la estela del Fernande tras las estelas de las ballenas se convirtió en un camino en el mar dominado por la maravilla de lo imprevisto, y, mucho más, en un antídoto perfecto contra la previsión y la maldita costumbre de trazar planes. Nunca se enteraron las ballenas del Estrecho de Magallanes, pero lograron disparar un cambio en pocas horas. El mapa existencial de un ser domesticado por el ritmo de las agendas y de los planes marcados de objetivos absurdos, pragmáticos, vacíos, comenzó tras esa estela a desdibujar sus costas, límites y fronteras.

Creo que nos dimos cuenta todos, sin confesarlo, que las ballenas jugaban el juego de ser perseguidas y así lograron lo que hicimos, transformarnos en súbditos de sus antojos de nortes, estes y sures. El timón cambió de manos. Borde tras borde, las manos de los tripulantes fueron perdiendo el control de la nave, que cedió a los antojos del verdadero timón, el de las ballenas. Así, por horas, seguimos sus rumbos hasta que la decisión unilateral de desaparecer de nuestra vista, sumada al frío y a la llegada inminente de las oscuridades del atardecer, nos obligó a poner proa al muelle de Punta Arenas.
La ciudad llevaba horas a la vista, aunque ahora sí fue destino buscado. Arribamos por el lado norte del muelle Prat y amarramos con la banda de babor sobre el concreto, separados por enormes defensas que nos protegerían en los próximos días del frente de mal tiempo que nos esperaba. Ya era hora de pensar en una comida caliente y en una noche larga de sueño profundo.
El día que anochecía, casi 20 grados de latitud al sur de la Buenos Aires que dejamos al amanecer, desordenadamente fue instalando el mar como protagonista excluyente de lo que estaba por venir. Los vientos, las mareas, el interminable laberinto interior del Fernande, los mareos, vómitos y noches de Bach en el salón del piano Yamaha del capitán… no harían otra cosa que comprobar lo que las ballenas y sus rumbos dominantes habían insinuado unas horas antes: lo imprevisible del Mar es la esencia misma de la vida en el océano. Esa vida que como humanos no nos pertenece, hasta que decidimos tomarla como propia y, dejando a un lado los temores y terrores a las tormentas y los naufragios, la elegimos como plan sin plan de vida, dispuestos a renacer cada vez que cambia el viento. Eso mismo es lo que comenzó ese tarde.
Ese día, el miedo al mar, a la profundidad del océano oscuro, al gusto amargo de la sal en la garganta de los náufragos, se transformaron en una meta, en el precio elegido a pagar para intentar romper las cadenas invisibles de la normalidad.



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