A rumbo de las ballenas, en el Estrecho de Magallanes
- Dario D'Atri
- 14 jun 2024
- 3 Min. de lectura
Segunda parte del relato "La estela de las ballenas". Una tarde inimaginada, con el timón del Fernandé a merced de los antojos de dos ballenas. El comienzo de algo impensado...

Llegamos en nada a las cercanĆas de la Isla Dawson y viramos rumbo al norte, rumbo a Punta Arenas. Unas 30 millas de mar algo picado por el viento encajonado del Estrecho no tan estrecho de Magallanes. Treinta millas que se convertirĆan por arte de mamĆ” ballena y bebĆ© ballenato en una larga y apasionante tarde de decenas de bordes para tratar de acercarnos a esa estela de las ballenas que nos atraĆa como al CapitĆ”n Ahab, aunque con mejores intenciones.
Mayor y Mesana, las niƱas oceĆ”nicas del FernandĆ© corrĆan de proa a popa, de babor a estribor buscando los rastros de la ballena adulta, sabiendo que a su lado siempre estarĆa el ballenato. El capitĆ”n y sus novatos tripulantes comenzamos a seguir las órdenes de dos niƱas capaces de distinguir cada especie de pĆ”jaros del AtlĆ”ntico Sur, educadas en la escuela de viajes antĆ”rticos.
Achicamos velas y arriamos otras para maniobrar con mĆ”s facilidad, asumiendo que esa aventura que acababa de comenzar no demandaba acelerar el tiempo. Al contrario, navegar con ballenas, aĆŗn a buena distancia, serĆa desde ese momento y hasta el atardecer una forma de hacer desaparecer mĆ”gicamente el fragor rutinario de unas vidas rutinarias. El ruido y las muchedumbres que esa misma maƱana me habĆan acobardado en los pasillos incómodos del Aeroparque porteƱo simplemente se esfumaron. Comenzaba allĆ mismo una viaje de rostros helados y vientos liberadores. La estela de las ballenas nos marcó por horas el rumbo y comenzó a organizar internamente, a paso acelerado, un cambio que no imagine ni presentĆ.
FernandĆ© navegaba ahora sin la urgencia de una ceƱida apretada. Rumbos en zigzag en el Estrecho que ahora se habĆa transformado en un canal de las ballenas. Sin GPS ni plotter que atender, de allĆ en mĆ”s nuestra proa fue proa al aire salpicado de mar que veĆamos como vapor surgir del espirĆ”culo de la ballena y su ballenato. Navegar al rumbo de las ballenas nos transformó en seres que no Ć©ramos unas pocas horas antes. Sin conexión aparente con la madre y su ballenato, la estela del FernandĆ© tras las estelas de las ballenas se convirtió en un camino en el mar dominado por la maravilla de lo imprevisto, y, mucho mĆ”s, en un antĆdoto perfecto contra la previsión y la maldita costumbre de trazar planes. Nunca se enteraron las ballenas del Estrecho, pero lograron comenzar a cambiar, en pocas horas, el mapa existencial de un ser domesticado por el ritmo de las agendas y de los planes marcados de objetivos absurdos, pragmĆ”ticos, vacĆos.

Creo que nos dimos cuenta todos, sin confesarlo, que las ballenas jugaban el juego de ser perseguidas y asĆ lograron lo que hicimos, transformarnos en sĆŗbditos de sus antojos de nortes, estes y sures. El timón cambió de las manos de unos marineros y su nave velada a los antojos del verdadero timón, el de las ballenas. AsĆ, por horas, seguimos sus rumbos hasta que la decisión unilateral de desaparecer de nuestra vista, sumada al frĆo y a la llegada inminente de las oscuridades del atardecer, nos obligó a poner proa al muelle de Punta Arenas.
La ciudad llevaba horas a la vista aunque ahora sĆ fue destino buscado. Arribamos por el lado norte del muelle Prat y amarramos con la banda de babor sobre el concreto, separados por enormes defensas que nos protegerĆan en los próximos dĆas del frente de mal tiempo que nos esperaba. Ya era hora de pensar en una comida caliente y en una noche larga de sueƱo profundo.
El dĆa que anochecĆa, casi 20 grados al sur de la Buenos Aires que dejamos al amanecer, desordenadamente fue instalando el mar como protagonista excluyente de lo que estaba por venir. Los vientos, las mareas, el interminable laberinto interior del FernandĆ©, los mareos, vómitos y noches de Bach en el salón del piano Yamaha del capitĆ”n⦠no harĆan otra cosa que comprobar lo que las ballenas y sus rumbos dominantes habĆan insinuado unas horas antes: lo imprevisible del Mar es la esencia misma de la vida en el ocĆ©ano. Esa vida que como humanos no nos pertenece, hasta que decidimos tomarla como propia y, dejando a un lado los temores y terrores a las tormentas y los naufragios, la elegimos como plan sin plan de vida, dispuestos a renacer cada vez que cambia el viento. Eso mismo es lo que comenzó ese dĆa.
Ese dĆa la inseguridad y el miedo fueron por primera vez un objetivo, precio a pagar, necesario para intentar romper las cadenas invisibles de la normalidad.