El lenguaje secreto del mar
- Dario D'Atri
- 25 jul 2024
- 13 Min. de lectura
Cuaderno de bitĆ”cora. ā15 de septiembre 2023. Navegamos en la zona del 44° 38ā N ā 10° 17ā W. VicenƧ nos lee por radio de onda corta un parte meteorológico de borrasca fuerte en Finisterre. A cinco dĆas de la largada de la regata, llegó el temor al White Shadow. Comienza la verdadera vuelta al mundoā

(*) Esta larga nota sobre el largo viaje del White Shadow fue publicada en el Diario ClarĆn de Argentina. Leer mĆ”s.Ā
āEspĆritu de aventuraā seguramente es la forma presumida de describir la egocĆ©ntrica, temeraria y estĆŗpida decisión de embarcar ocho meses en un velero de 18 metros, construido casi medio siglo atrĆ”s, sin GPS, celulares ni electrónica, apenas con sextante y cartas marinas de papel para dar una vuelta al mundo corriendo regatas como antes. Una regata āvintageā, nos vendieron.
Zarpamos el 10 de septiembre de 2023 desde Southampton, Reino Unido, rumbo a Cape Town, SudĆ”frica. White Shadow y otros trece veleros de los aƱos ā70 y ā80 para conmemorar los 50 aƱos de la primera regata de vuelta al mundo de veleros con tripulación completa, la mĆtica Whitbread Round the World Race. Cinco dĆas mĆ”s tarde nos avisaron por radio que se aproximaba una tormenta pesada a Finisterre. Llegó el aviso de muy mal tiempo y llegó el temor; el miedo y la angustia malamente escondidos en la algarabĆa de una aventura oceĆ”nica. AsĆ se terminaron los homenajes y recuerdos vintage sobre locos de remate navegando cincuenta aƱos atrĆ”s con sextante, sin plan B, empujados por vaya a saber quĆ© absurda necesidad de enfrentarse al sinfĆn de los mares.
En la largada desde Inglaterra habĆamos pifiado el lado bueno del Canal InglĆ©s y, al pegarnos a la costa francesa, perdimos por goleada frente a los barcos que ahora nos sacaban muchas millas y podrĆan pasar Finisterre antes de que llegara la tormenta. Para hacer las cosas bien y con la cabeza puesta en salvar el pellejo decidimos apuntar la proa al oeste, navegar mucho mĆ”s y dejar que el frente de baja presión se pegara a la costa portuguesa antes que llegĆ”ramos los doce del White Shadow.
Nos salió bien la jugada. Tuvimos unas cuantas horas de olas enormes, pero de popa, para regresar navegando veloces a nuestro rumbo sur, ya en medio del AtlĆ”ntico. El susto, ese primer susto, nos duró varios dĆas y sirvió de enseƱanza para lo que vendrĆa, largos meses de mares cada vez mĆ”s frĆos, mĆ”s bravos y solitarios.
Desde siempre, desde que Vito Dumas asombró al mundo con su circunnavegación por los mares del sur en solitario, desde 1968 cuando Robin Knox Johnston ganó la Golden Globe Race organizada por el Sunday Times, desde que el mexicano Ramón Carlin derrotó a ingleses, franceses y nórdicos con su Swan de 65 pies, el Sayula II, y se quedó con la Whitbread en 1973 y 1974,  dar la vuelta al mundo navegando por el sur de los tres grandes cabos, Buena Esperanza, Leeuwin y Hornos, ha sido igual de amenazante e irresistible.
Comenzamos a preparar el White Shadow dos aƱos antes de la partida. Jean Christophe y Marc, un francĆ©s y un catalĆ”n, armaron poco a poco un equipo de ocho nacionalidades que primero se fijó, nos fijamos, el objetivo de dar la vuelta sin importar los resultados, y terminó dando la vuelta mirando cada dos minutos la tabla de posiciones. Nos fue mal en la regata y definitivamente muy bien en la vuelta al mundo. Pudimos haber perdido el barco en Cabo de Hornos, el mĆ”stil frente a PenĆnsula ValdĆ©s y alguna que otra peripecia complicada, pero, en cambio, desembarcamos en Cowes, Isla de Wight, muy cerca de Southampton, el 23 de abril de 2024, casi ocho meses despuĆ©s de haber zarpado y con unas 30.000 millas nĆ”uticas encima, mĆ”s de 55.000 kilómetros navegados a un promedio de 12 kilómetros por hora. Fueron cuatro etapas, hasta SudĆ”frica, hasta Nueva Zelanda, hasta Uruguay y de regreso a Inglaterra, demasiado para ponerse a sacar cuentas antes de empezar, demasiado poco ahora que llevo mĆ”s de tres meses desde el desembarco y extraƱo cada minuto del flush, flush, flushhh del ocĆ©ano resonando en el casco del White Shadow.
Las horas de este largo viaje, el del White Shadow, por la misma ruta del Largo Viaje de Bernard Moitessier en su Joshua, se fueron transformando milla a milla en una unidad no de tiempo sino de existencia. La conexión de los sentidos, del alma con el océano, fue apagando el pensamiento para dar lugar a una forma de sentir el viento, la luz de cada momento, los sonidos del barco, la sal en los ojos al intentar dormir que no anticipé.
Una noche, ya de regreso al AtlĆ”ntico del hemisferio norte, acovachado en la cucheta de estribor, muerto de sueƱo, frĆo y esperando salir a cubierta para mi turno de timón, comencĆ© a escuchar el sonido del agua, del lĆquido salado que forma el mar, resonando como en la panza que habitĆ© un dĆa como buen mamĆfero.
Desaparecieron por un instante los crujidos de las maderas, el rechinar de las jarcias y cabos del White Shadow. Me di cuenta de que esa enorme ballena de fibra de vidrio, metal, telas de dacrón y nudos era mĆ”s que un velero en medio del ocĆ©ano, era un enorme vientre al que entrĆ© desde un muelle y del que desembarcarĆa ocho meses despuĆ©s asomando la cabeza con esfuerzo, como 57 aƱos atrĆ”s.
Desarmar y armar para navegar
Ahora que hay regatas de vuelta al mundo cada un par de aƱos parece fĆ”cil lo que medio siglo atrĆ”s resultaba impensable. Cincuenta aƱos atrĆ”s no existĆan estas competencias. El 8 de septiembre de 1973 se largó desde Portsmouth la primera Whitbread Round the World Race, organizada por la Royal Naval Sailing Association, la Comisión Naval de Regatas de la Marina britĆ”nica. Desde entonces, cada cuatro aƱos, fue cambiando de nombre (Whitbread, Volvo Ocean Race, Ocean Race) y de tipos de veleros, pero se mantuvo la insana costumbre de lanzarse al mar para dar la vuelta al planeta. Cada vez con barcos mĆ”s rĆ”pidos, mĆ”s tecnologĆa, mĆ”s equipos apoyando desde tierra firme y mĆ”s dinero para pagar a las tripulaciones profesionales. Cada vez hasta esta Ćŗltima vez.
La Ocean Globe Race, la regata en la que participó el White Shadow, se organizó como homenaje y con la idea de correr como en 1973. Justo ahora que cualquiera puede mirar al cielo y ver la fila de satĆ©lites de Starlink, preparados para ofrecer banda ancha a cada orca, delfĆn o velero del planeta, la propuesta fue correr en barcos viejos, incómodos, lentos, sin Internet ni GPS, sin celulares ni pronósticos meteorológicos guiados por algoritmos. Ā”Brillante!
Tres aƱos despuĆ©s del anuncio de las reglas de regata, catorce veleros zarparon desde Inglaterra, incluyendo leyendas del mar como el Pen Duick VI de Eric Tabarly, ahora timoneado por Marie Tabarly, hija del mito francĆ©s del mar, el LāEsprit dāEquipe y el Maiden britĆ”nico, el primer barco en la historia en dar la vuelta al mundo con tripulación exclusivamente femenina. White Shadow, nuestro barco, con bandera francesa, anotado como representante de EspaƱa y apadrinado por el club Maritim de Barcelona, se hizo a la mar despuĆ©s de cientos de horas de trabajo para desarmar de punta a punta cada pieza del barco y volver a montarlas para, por fin, navegar.
White Shadow tenĆa la estirpe de los veleros Swan del astillero finlandĆ©s Nautor y la marca de autor de Sparkman & Stephens, pero tambiĆ©n tenĆa muchos aƱos y pocas millas de ocĆ©ano verdadero, apenas un cruce del AtlĆ”ntico de Europa a AmĆ©rica. Partió en 2021 de Italia a Barcelona y allĆ comenzó su transformación en lo que imaginamos, un valiente del mar, capaz de proteger de los peligros del ocĆ©ano a sus doce tripulantes, producir agua dulce para darles de beber, cargar una tonelada de alimentos por etapa y soportar vientos feroces y olas temibles.
El 1 de agosto de 2023 zarpamos al mediodĆa desde Barcelona con destino a Southampton. Cuarenta dĆas antes de la seƱal de largada de la Ocean Globe Race, la proa apuntó a Gibraltar y luego al norte en bĆŗsqueda del Golfo de Vizcaya y del Canal de la Mancha hasta Inglaterra.
En el mar nunca nada sale como se ha planeado. Rompimos unas cuantas cosas en los primeros 10 dĆas de ātransporteā al Reino Unido. Nos quedamos sin motor, el eje del timón se movĆa donde no debĆa moverse, la mĆ”quina de agua dulce producĆa agua salada y fallaron los hidrĆ”ulicos para tensar el estay de popa y la botavara. Cuando pensamos, como turistas del mar, en detenernos en Lisboa a almorzar y seguir camino, terminamos a 300 millas de la costa de Portugal encalmados, buscando con desesperación llegar a Vigo para reparar todas las roturas antes de la fecha de largada de la regata.
Lo hicimos. Entramos a vela, a medianoche y casi sin viento a la rĆa de Vigo y reparamos todo lo reparable. A Inglaterra llegamos a tiempo para despedir a la familia, emparchar unas cuantas cosas mĆ”s y hacer las compras de alimentos para enfrentar las primeras 7.500 millas de AtlĆ”ntico hasta Cape Town. Tres aƱos despuĆ©s de la idea de dar la vuelta al mundo, la vuelta al mundo habĆa comenzado.
El horizonte no tan lejano
Dimos la vuelta al mundo por el ocĆ©ano infinito encerrados en una burbuja visual de apenas siete u ocho kilómetros. Me costó unos cuantos dĆas, tal vez un par de semanas comenzar a escuchar el mar e intentar comprender algo de ese nuevo idioma. Desde la cubierta del White Shadow, el horizonte se veĆa demasiado cercano para ser horizonte. āEstĆ” a unas cuatro millas de distanciaā, me dijo Guillaume, el navegante francĆ©s, mientras realizaba una de las tantas tomas diarias de altura del sol con su sextante. No es fĆ”cil acostumbrarse a semejante cercanĆa de la inmensidad, vivir en una especie de Truman Show durante ocho meses.
Vivir a bordo enclaustrados, dormir mal, cocinar lo mejor posible sin ingredientes, limpiar baƱos a los saltos, reparar todo el tiempo lo que el mar destruye fue nuestro dĆa a dĆa en esa cĆ”psula de plĆ”stico y metal dentro de la cĆ”psula del ocĆ©ano. White Shadow es un velero de diseƱo maravilloso, que arranca a pesar de sus 23 toneladas con apenas diez kilómetros de viento y navega casi siempre con tres velas, la mayor, una trinqueta y la genoa. Pero toda su fortaleza en el mar es incomodidad cuando se trata de acomodar la vida de doce tripulantes, por largos meses, en pocos metros cuadrados interiores y en cubierta. Dormimos en solo seis cuchetas de ācama calienteā, divididos en dos guardias de seis personas, desde la 8 a las 14, luego hasta las 20, y para la noche guardias cortas, de cuatro horas, de 20 a 24, medianoche a cuatro de la maƱana y finalmente de 4 a 8. Cinco veces por dĆa vestirse con trajes y mĆŗltiples capas de abrigo y contra el agua salada para salir a la guardia de manejo del barco, y al rato volver a quitarse la ropa mojada y frĆa para intentar descansar unas tres horas. Nada mĆ”s hermoso que navegar en velero.
Tras la tormenta de Finisterre, por delante nos quedó bajar todo el AtlĆ”ntico, desde Canarias a Cabo Verde, luego enfrentar las calmas ecuatoriales y cruzar el ecuador rumbo a Fernando de Noronha, a 200 millas de la costa de Brasil. Desde allĆ, bajar, bajar y bajar durante semanas, rodeando el centro de alta presión de Santa Elena evitando sus calmas, para finalmente apuntar a Ciudad del Cabo, al este y casi a la latitud de Buenos Aires. Si terminĆ”bamos confiados la primera etapa de la Ocean Globe Race, sabĆamos que ya nada impedirĆa comenzar la regata real por los mares del sur, el Ćndico de olas cruzadas y albatros, el PacĆfico al sur de los Cuarenta Bramadores y los Cincuenta Furiosos, y finalmente el AtlĆ”ntico Sur de Argentina, de vientos condenados que siempre te agarran con la guardia baja tras la presunta victoria de haber cruzado Cabo de Hornos.
Milla a milla comencĆ© a comprender, o creĆ comprender, ese nuevo idioma visual y sonoro del mar. Las horas de rutinas y tareas a bordo pasaron, sobre todo a partir del Ćndico, a un segundo plano y el lenguaje comĆŗn con el ocĆ©ano fue creando imĆ”genes que entendĆ a mi manera. El plateado metĆ”lico, azulado, de la superficie del mar, moviĆ©ndose en bloque como la escenografĆa de Fellini en āE la nave vaā, dejó poco a poco de actuar como creemos que se mueve el mar, al azar. Descubrir eso que habla el ocĆ©ano fue el mejor premio de la vuelta al mundo. Entender silenciosamente lo que hay detrĆ”s de los vientos formando olas altas como montaƱas. Escuchar el agua y mirar desde una de las bandas del White Shadow la profundidad que deja de asustar y se va transformando en algo que te da cobijo.
El horizonte siguió estando tan cercano como siempre. La gran esfera en la que vivimos durante ocho meses se fue moviendo, milla tras milla, hasta llegar a cada puerto de los cinco que tocamos en esta vuelta al mundo, Southampton, Cape Town, Auckland, Punta del Este y Cowes. Las etapas de 6.500 a 7.500 millas nĆ”uticas, entre doce y 15 mil kilómetros, se hicieron eternas. Solo la compaƱĆa del mar transformó esa eternidad en un viaje de vida.
El precio del ocƩano
El verdadero precio que cobra el ocĆ©ano lo comenzamos a pagar a pocos dĆas de zarpar desde Cape Town hacia Auckland. La corriente de las Agulhas, en el encuentro entre las aguas heladas del AtlĆ”ntico sur y las aguas mĆ”s cĆ”lidas del Ćndico, provocó una enorme ola rompiente que inundó el copit del White Shadow y nos dejó bajo el agua verdosa a los que estĆ”bamos en cubierta. Fueron segundos, interminables, aferrado yo al timón y los demĆ”s a sus lĆneas de vida para evitar perderse en el ocĆ©ano furioso. Fue una descarga de furia y una bienvenida de susto a los mares del sur, antes de comenzar la penosa marcha hacia el este, buscando la lejana frontera sur de Australia y Tasmania antes de poner proa al norte, hacia Nueva Zelanda.
Seguimos rompiendo cosas y cuando perdimos la radio de onda corta quedamos, por primera vez, en soledad absoluta. Cada uno de los doce tripulantes peleo a su manera ante el temor. Durante semanas fueron los pĆ”jaros, todo el tiempo volando a nuestro alrededor, el Ćŗnico y gran cable de conexión con la vida. Aprendimos a amar el vuelo de los albatros. No fallaron un solo dĆa al compromiso impensado de compartir el viento.
Si el Indico fue la gran prueba de mar, el PacĆfico se transformó en una autopista de aguas presuntamente conocidas en su eterno fluir de oeste a este. Cada dĆa avanzĆ”bamos varios grados de longitud hacia el este, cambiĆ”bamos la hora dos veces por semana y sacĆ”bamos cuentas del tiempo escaso restante antes de cruzar, al fin, el Cabo de Hornos.
Dejamos atrĆ”s el Punto Nemo, ese lugar imaginario en medio de la nada, el mĆ”s alejado de cualquier sitio de tierra firme del planeta, a 2.722 kilómetros de alguna roca donde hacer pie. En la madrugada del 9 de febrero, muy cansados por dĆas y dĆas de vientos constantes de 70 kilómetros por hora y rachas de 120 o mĆ”s, nos acercamos demasiado velozmente a la costa de Chile. La bruma salada del amanecer escondió las rocas de las islas cercanas a Cabo de Hornos y por una hora interminable todo se volvió temor, maniobras apresuradas y virar al sur para no terminar sobre las piedras.
Con olas gigantes de popa, cruzamos Cabo de Hornos esa maƱana, empujados por vientos furiosos de la latitud 57° Sur que desaparecieron apenas dejamos atrĆ”s las aguas del PacĆfico. La llamada por radio al farero de Hornos, las fotos, los abrazos y las lĆ”grimas fueron la catarsis de ese comienzo del final del rumbo este que habĆa comenzado en medio del AtlĆ”ntico, apuntando a Cape Town. Tres meses y medio despuĆ©s de zarpar de SudĆ”frica, ya era hora de buscar el norte hacia Isla de los Estados, el mar argentino y el final de la tercera etapa en Uruguay. El precio del PacĆfico fue por fortuna bajo, muy bajo frente a lo que llegarĆa en pocos dĆas.
La osadĆa de desafiar al mar tarde o temprano termina mal. Nos fuimos acostumbrando a correr las olas y fuimos forzando los lĆmites del White Shadow. Los crujidos que cinco meses atrĆ”s nos preocupaban se transformaron en silencios de oĆdos sordos a las seƱales del barco. Menos de cinco dĆas despuĆ©s de cruzar Cabo de Hornos, corriendo olas del sur mucho mĆ”s grandes y empinadas que las del PacĆfico, dejamos Malvinas por estribor y nos acercamos rĆ”pidamente a la latitud de PenĆnsula ValdĆ©s, aunque muy metidos en el AtlĆ”ntico, lejos de la costa. El martes 13 de febrero quedó atrĆ”s sin consecuencias, pero a las tres de la maƱana del 14 el mar volvió a pasar una factura de alto costo y nos quedamos sin vela mayor ni vela de proa.
Los dramas pueden terminar bien, pero comienzan siempre de la peor manera. Se rompió el estay de proa, ese cable de acero que sostiene el palo y soporta la embestida de cada ola, y al romperse se transformó en un bisturà que de un golpe cortó al medio la vela mayor y el yankee que estaba en proa.
Esa madrugada logramos salvar el palo, pero sobre todo salvamos la vuelta al mundo. Llegamos a Punta del Este mucho mƔs tarde de lo esperado, con velas remendadas y navegando ya en aguas cƔlidas, amigables, pero nunca olvidamos ese azote del ocƩano, esa despedida brutal del mar del sur.
El divorcio del mar
La etapa final desde Punta del Este a la Isla de Wight, en Inglaterra, fue lenta, tediosa por las calmas, el calor y la desesperación por llegar. Fueron 49 dĆas interminables, con agua potable racionada, temor a mĆ”s roturas graves y demasiada, excesiva ansiedad por llegar.
El mar se fue volviendo poco a poco distante, como marcando un final de desinterés con aquellos, gente de a pie, al fin y al cabo, que unos meses antes nos atrevimos a hacer contacto. El lenguaje se fue haciendo incomprensible y por momentos, en las primeras semanas de esta etapa final, temà haber olvidado cómo escuchar y entender al océano. Creo, ahora que todo acabó, que fue una estrategia de defensa mutua. Ese divorcio temporal del mar fue un atajo para preparar el alma para la despedida.
En una crónica anticipada del regreso de cada uno a sus orĆgenes, el ocĆ©ano y yo fuimos tomando dĆa a dĆa rumbos opuestos. Las calmas, el hastĆo ecuatorial y la distancia infinita a destino funcionaron del lado del ocĆ©ano como seƱal contundente del āhasta aquĆ llegĆ”sā. De mi lado, aunque busquĆ© volver, o permanecer en ese estado de gracia que miles de millas por los ocĆ©anos del sur me habĆan permitido ejercer, fui perdiendo la capacidad incipiente de entender los silencios de las noches, los choques de las olas sobre el casco, la consistencia del viento sobre la superficie espumosa del mar.
Cruzamos el ecuador de regreso y una vez superadas las calmas de los 5 grados de latitud norte (los Doldrums) fuimos agotando millas cada vez con mĆ”s velocidad rumbo a Inglaterra. En las cartas nĆ”uticas sobre la mesa de navegación, esas que llegaron a mostrar solo mar sin continentes en medio del PacĆfico, aparecieron las islas de Cabo Verde, las Canarias, Azores, la costa africana y Europa. El hemisferio norte es el hemisferio de la tierra y de los hombres. Muy lejos fue quedando el hemisferio del agua, del mar, del ocĆ©ano interminable. Volvimos al norte y volvimos tambiĆ©n a los cielos poblados de aviones, a los mares con barcos cargueros casi siempre a la vista.
El final de la vuelta al mundo del White Shadow y sus doce tripulantes agradecidos por su fortaleza fue el 23 de abril por la tarde, luego de navegar corriente a favor las aguas afiebradas del estrecho del Solent, con la Isla de Wight a estribor y la isla mayor de la Gran BretaƱa a babor. Solo querĆa llegar y saltar a tierra; abrazar y no volver a soltar al amor de mi vida. Fueron 227 dĆas de ocĆ©ano. Demasiados a bordo, muy pocos ahora que desde tierra recuerdo la estela interminable del barco surcando el mar.
