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Cinco Océanos

  • Foto del escritorDario D'Atri

Cena a bordo en Punta Arenas, Bach y cervezas

El Fernandé comienza a develar sus secretos y maravillas. El capitán hosco en apariencia, muestra su costado más humano. Sigue la aventura de La Estela de las Ballenas. Tercer capítulo.



La tarde fría de mayo, recién amarrados al interminable muelle de Punta Arenas, aceleró los trámites en cubierta, ansiosos por buscar abrigo en el interior enorme de la ballena de aluminio que nos cobijaría las dos semanas siguientes. El Fernandé, nacido en Francia para correr regatas atlánticas, de cubierta plana y estilizada, con un enorme pozo de maniobras debajo del palo mayor y ahora transformado en velero de transporte de tripulaciones científicas a la Antártida, fue develando hora tras hora sus secretos e intimidades de gigante del mar. Setenta y dos pies de proa a popa que, sobre cubierta, transmitían no sólo una sensación de fortaleza y confianza que agradecimos desde el primer minuto, sino que generaron el inexplicable efecto de enamoramiento repentino que los buenos veleros provocan en los hombres.


Junto al muelle de cemento, con tiempo por delante, parada impensada, respuesta obligada al frente de mal tiempo que deberíamos dejar pasar antes de poner proa al Atlántico, Fernandé y su capitán comenzaron a mostrarse tal cual eran, uno, indivisibles, parcos y capaces de tanto silencio como seguridad y conocimiento del mar.


La noche llegó muy cerrada y el viento del estrecho comenzó a sonar imparable, agudo y atemorizante en los obenques, drizas, el palo mayor y el de mesana. Lo que en cubierta era puro metal, aluminio naval francés y cabos tan gruesos como para sujetar un titán enfurecido, escaleras abajo era pura madera, una cocina más digna de una buena casa de campo que de un velero, sala de piano y biblioteca, comedor para doce personas bien acomodadas y una mesa de navegación y su asiento que nunca había visto, cardánicos, listos para acomodarse a la escora del velero y quedar en posición horizontal. Del lado de babor, a popa, un camarote más bien modesto para el capitán y su esposa, y hacia proa una sucesión de camarotes y espacios diseñados para transformar al Fernandé en un lugar tan habitable como lo demandaba su puerto natural en la bahía de Ushuaia. Taller de máquinas y herramientas, lavadero con secarropas, habitáculos atestados de libros, maletas, bicicletas, pañoles con comida para doce o quince tripulantes en temporadas de veinte o más días en la Antártida o los fiordos chilenos. En proa, la caja de ancla, por ahora en proa y que, tras nuestra travesía, se reubicaría junto al palo mayor, con sus 500 metros de cadena pesada y cientos de kilos que al Fernandé parecían no inmutarlo. En la sentina, levantando las tablas del enorme piso entre la mesa de navegación, la sala del piano y la zona de la mesa, una enorme y profunda bodega atiborrada de cervezas heladas, vinos y agua casi en el punto de congelamiento. La calefacción a gasoil y agua caliente circulando por radiadores que recorrían todo el interior del barco, no llegaba a la sentina y el frío helado del mar garantizaban una zona ideal para mantener los alimentos y bebidas refrigeradas. Desde un tambucho de popa, haciendo algo de esfuerzo para entrar, varias y enormes conservadoras guardaban la carne y el pescado envasados al vacío y enfriados con enormes trozos de hielo que el capitán había recogido en la navegada reciente por los fiordos de Chile. Los glaciares azules rompiendo su hielo milenario sobre el Estrecho y los fiordos regalaban ese método natural de conservación. Nunca tuvo heladera el Fernandé, nunca hasta casi un año más tarde, cuando realizaría su último viaje por el Atlántico, desde Buenos Aires a Brasil y Centroamérica, de allí por el Caribe hasta la costa de Península de Labrador, cruzando bien al norte hasta Escandinavia y el norte europeo. El regreso ya dejaría al Fernandé por años en el muelle viejo de Piriápolis, en Uruguay, hasta que le perdí el rastro diez años más tarde.


Comimos mucho, caliente y delicioso esa noche. El rumbo de las ballenas nos había cargado de cielos, vientos y emociones el alma, a costa de un apetito de condenados, acumulado desde la partida misma de Puerto del Hambre. Barco francés y capitán francés. Nunca faltó el vino, la cerveza de sentina helada, café, whisky y coñac para cerrar las cenas que, de allí en más, no faltaron ni siquiera en noches de mar gruesa.


Esa misma noche la parquedad y el silencio del capitán dieron paso a una media hora de conciertos y sonatas de Bach. El piano Yamaha de siete octavas y cuarto era lo último que imaginaba encontrar en el velero. Quedó claro tras el concierto de esa noche que los tripulantes podríamos atrevernos con las cartas de la mesa de navegación, con el enorme timón de rueda sin cubierta de cuero y siempre congelado, con el trimado de las velas y aún con la cocina, pero jamás con el piano, la biblioteca y la enorme colección de CDs de la sala de música, ubicada a babor y cercana a la zona más ancha de la manga del barco.


El concierto fue una declaración de principios, un mensaje a la tripulación, una confesión de la condición humana del capitán. El navegante de años de soledad, el mismo que había encontrado sus tres amores en Tierra del Fuego, viviendo a bordo y mirando siempre la colina sobre la que se recuesta Ushuaia, delataba así su costado de calidez humana, esa misma que desaparecía apenas pisar cubierta, cuando las órdenes de maniobras, el dictado del plan de navegación del día y hasta la mínima respuesta hosca ante preguntas inocentes, revelaban un espíritu demasiado ajado por las sales del océano y las soledades de décadas.


Había conocido al capitán y su familia unos meses antes en las costas del Río Luján, en el Delta del Tigre. Allí, al calor y sabor de un buen asado, conocí la historia del Fernandé y la vida a bordo de la familia de tres mujeres y el capitán. La charla de cruces atlánticos y singladuras proa a la Antártida me habían deslumbrado. Ni la conversación del Delta ni la despedida con la promesa de una invitación a navegar por el mar del sur, habían incluido pista alguna sobre personalidades, miradas, silencios y risas que, en de los cuatro dueños del Fernandé, y sobre todo del capitán, se develarían de allí en más, en plena navegación oceánica, sin margen para quedarse o salir corriendo. Es lo bueno de los caminos de una sola mano, suelen llevar a un destino seguro.


No recuerdo si la noche fue noche de trasnochada, pero si tengo un registro ajustado de la mezcla de cansancio y necesidad de extender las horas para no perderme instantes de este nuevo mundo a causa de la aburrida necesidad de dormir.


Mi camarote, un espacio angosto de cuatro cuchetas de 60 centímetros de ancho y maderas altas en el costado opuesto al de la banda del barco, para no terminar en el piso en las escoradas que nos esperaban, mi camarote era un depósito desordenado de mil objetos apenas trincados y que me acompañaron los días siguientes como una amenazadora presencia, siempre al borde de derrumbarse sobre mi cucheta.


Fue una noche, la primera, de dormir profundo a resguardo de vientos que, afuera, ya soplaban con fuerza de huracán y frío de mil demonios. Una noche larga del casi invierno de Punta Arenas. Una noche de felicidad en el estómago, en mi rostro y en mi cuerpo cansando de marinero novato.


Continuará...



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