Cena a bordo en Punta Arenas, Bach y cervezas
- Dario D'Atri
%2019.12.40.png/v1/fill/w_320,h_320/file.jpg)
- 15 jun 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 6 may
El Fernande comienza a develar sus secretos y maravillas. El capitán hosco en apariencia muestra su costado más humano. Sigue la aventura de La Estela de las Ballenas. Tras la partida desde el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires, el embarque en Puerto del Hambre y la navegada a rumbo de las ballenas hasta Punta Arenas han pasado apenas veinte horas. El sonido en mar en el casco del Fernande habla un lenguaje que comprendería muchos años después. Tercer capítulo.

La tarde fría de mayo, recién amarrados al interminable muelle de Punta Arenas, aceleró los trámites en cubierta, ansiosos por buscar abrigo en el interior enorme de la ballena de aluminio que nos cobijaría las dos semanas siguientes. El Fernande, nacido en Francia para correr regatas atlánticas, de cubierta plana y estilizada, con un enorme pozo de maniobras debajo del palo mayor y ahora transformado en velero de transporte de tripulaciones científicas a la Antártida, fue develando hora tras hora sus secretos e intimidades de gigante del mar. Setenta y dos pies de proa a popa que, sobre cubierta, transmitían no sólo una sensación de fortaleza y confianza que agradecimos desde el primer minuto, sino que generaron el inexplicable efecto de enamoramiento repentino que los buenos veleros provocan en los hombres.
Junto al muelle de cemento, con tiempo por delante, parada impensada, respuesta obligada al frente de mal tiempo que deberíamos dejar pasar antes de poner proa al Atlántico, Fernande y su capitán comenzaron a mostrarse tal cual eran, uno, indivisibles, parcos y capaces de tanto silencio como seguridad y conocimiento del mar.
La noche llegó muy cerrada y el viento del Estrecho de Magallanes comenzó a sonar imparable, agudo y atemorizante en los obenques, drizas, el palo mayor y el de mesana. Lo que en cubierta era puro metal, aluminio naval francés y cabos gruesos capaces de sujetar un titán enfurecido, escaleras abajo era pura madera, una cocina más digna de una buena casa de campo que de un velero, sala de piano y biblioteca, comedor para doce personas bien acomodadas y una mesa de navegación y su asiento que nunca había visto, cardánicos, listos para acomodarse a la escora del velero y quedar en posición horizontal.
Del lado de babor, a popa, un camarote más bien modesto para el capitán y su esposa, y hacia proa una sucesión de camarotes y espacios diseñados para transformar al Fernande en un lugar tan habitable como lo demandaba su puerto natural en la bahía de Ushuaia. Taller de máquinas y herramientas, lavadero con secarropas, habitáculos atestados de libros, maletas, bicicletas, pañoles con comida para doce o quince tripulantes en temporadas de veinte o más días en la Antártida o los fiordos chilenos. En proa, la caja de ancla, por ahora en proa y que, tras nuestra travesía, se reubicaría junto al palo mayor, con sus 500 metros de cadena pesada y cientos de kilos que al Fernande parecían no inmutarlo.
En la sentina, levantando las tablas del enorme piso entre la mesa de navegación, la sala del piano y la zona de la mesa, una interminable y profunda bodega atiborrada de cervezas heladas, vinos y agua potable casi a punto de congelamiento. La calefacción, a gasoil y agua caliente circulando por radiadores que recorrían todo el interior del barco, no llegaba a la sentina y el frío helado del mar garantizaban una zona ideal para mantener los alimentos y las bebidas bien refrigeradas. Desde un tambucho de popa, haciendo algo de esfuerzo para entrar, varias y enormes conservadoras guardaban la carne y el pescado envasados al vacío y enfriados con enormes trozos de hielo que el capitán había recogido en la navegada reciente por los fiordos de Chile. Los glaciares azules rompiendo su hielo milenario sobre el Estrecho y los fiordos regalaban ese método natural de conservación.
Nunca tuvo heladera el Fernande, nunca hasta casi un año más tarde, cuando realizaría su último viaje por el Atlántico, desde Buenos Aires a Brasil y Centroamérica, de allí por el Caribe hasta la costa de Península de Labrador, cruzando bien al norte hasta Escandinavia y el norte europeo. El regreso al sur dejaría al Fernande por años en el muelle viejo de Piriápolis, en Uruguay, hasta que le perdí el rastro diez años más tarde.
Comimos mucho, caliente y delicioso esa noche. El rumbo de las ballenas nos había cargado de cielos, vientos y emociones el alma, a costa de un apetito de condenados, acumulado desde la partida misma de Puerto del Hambre. Barco francés y capitán francés. Nunca faltó el vino, la cerveza helada de sentina ni el café. Whisky y coñac para cerrar las cenas, con mar calmo o mar gruesa.
Esa misma noche la parquedad y el silencio del capitán dieron paso a una media hora de conciertos y sonatas de Bach. El piano Yamaha de siete octavas y cuarto era lo último que imaginaba encontrar en el velero. Quedó claro tras el concierto de esa noche que los tripulantes podríamos atrevernos con las cartas de la mesa de navegación, con el enorme timón de rueda sin cubierta de cuero y siempre congelado, con el trimado de las velas y aún con la cocina, pero jamás con el piano, la biblioteca y la enorme colección de CDs de la sala de música, ubicada a babor y cercana a la zona más ancha de la manga del barco.
El concierto fue una declaración de principios, un mensaje a la tripulación, una confesión de la condición humana del capitán. El navegante de años de soledad, el mismo que había encontrado sus tres amores en Tierra del Fuego, viviendo a bordo y mirando siempre la colina sobre la que se recuesta Ushuaia, delataba así su costado de calidez humana, esa misma que desaparecía apenas pisar cubierta, cuando las órdenes de maniobras, el dictado del plan de navegación del día y hasta la mínima respuesta hosca ante preguntas inocentes, revelaban un espíritu demasiado ajado por las sales del océano y las soledades de décadas.
Había conocido al capitán y su familia unos meses antes en las costas del Río Luján, en el Delta del Tigre. Allí, al calor y sabor de un buen asado, conocí la historia del Fernande y la vida a bordo de la familia de tres mujeres y el capitán. La charla de cruces atlánticos y singladuras proa a la Antártida me habían deslumbrado.
Ni la conversación del Delta ni la despedida con la promesa de una invitación a navegar por el mar del sur, habían incluido pista alguna sobre personalidades, miradas, silencios y risas que, de los cuatro dueños del Fernande, y sobre todo del capitán, se develarían de allí en más, en plena navegación oceánica, sin margen para quedarse o salir corriendo. Es lo bueno de los caminos de una sola mano, suelen llevar a un destino seguro.
No recuerdo si la noche fue noche de trasnochada, pero si tengo un registro ajustado de la mezcla de cansancio y necesidad de extender las horas para no perderme instantes de este nuevo mundo a causa de la aburrida necesidad de dormir.
Mi camarote, un espacio angosto de cuatro cuchetas de 60 centímetros de ancho y maderas altas en el costado opuesto al de la banda del barco, para no terminar en el piso en las escoradas que nos esperaban, mi camarote era un depósito desordenado de mil objetos apenas trincados y que me acompañaron los días siguientes como una amenazadora presencia, siempre al borde de derrumbarse sobre mi cucheta.
Fue una noche, la primera, de dormir profundo a resguardo de vientos que, afuera, ya soplaban con fuerza de huracán y frío de mil demonios. Una noche larga del casi invierno de Punta Arenas. Una noche de felicidad en el estómago, en mi rostro y en mi cuerpo cansando de marinero novato.
Dos o tres días más tarde zarpamos con rumbo Este, proa a Punta Dungeness, esa marca al sur continental donde todo empieza, el Atlántico Sur también. Navegamos unas cuantas millas al atardecer hacia Puerto Sara y fondeamos en una bahía pequeña al oeste de la primera angostura del Estrecho de Magallanes. No hay forma de navegar contra corrientes de ocho nudos, que recién a la madrugada serían de oeste a este. Pizzas, cervezas, ansiedad por esa navegada nocturna para cruzar las dos angosturas y llegar al Atlántico.
Tres de la mañana y por VHF la prefectura chilena confirma que la marea y sus corrientes ya nos favorecen. Anclas arriba y proa al Atlántico. Es noche cerrada y nada obliga a nada, excepto el viento del oeste clavado que despierta en el capitán ese irresistible mandato de sacarle provecho. Orejas de burro, mayor rizada a estribor como la mesana; la trinqueta entangonada a babor. El Fernande navega sobre un tren de corrientes de ocho nudos, volando a más de 15 nudos sobre el fondo. Nada nunca fue tan fantástico como esas sombras y contornos del Estrecho, de madrugada, volando sobre el agua rumbo al Atlántico Sur.
El rumbo ligeramente volteado al Noreste se transforma en Este puro al dejar atrás Puerto Progreso y la segunda angostura. El Atlántico se acerca y Fernande esquiva torres o plataformas petroleras. No recuerdo bien, solo recuerdo la sensación imperiosa de llegada a ese espacio exterior que es el océano. Fue el amanecer de un día de luces tenues, con el faro de Punta Dungeness a babor y el Estrecho de Magallanes y su estela de las ballenas en la popa.
Virar al norte no fue solo poner rumbo a Cabo Vírgenes y contar las mil millas hasta Mar del Plata; fue el comienzo, entonces desconocido, de un largo viaje que también desembocaría en océanos abiertos.
Continuará…



Comentarios