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Cinco Océanos

  • Foto del escritorDario D'Atri

La estela de las ballenas, un relato de mares bravos

Relato fragmentado de una navegación invernal entre Puerto del Hambre, Estrecho de Magallanes, Chile, y Mar del Plata, costa argentina.



@Viator


Puerto del Hambre. Bahía Mansa. Estrecho de Magallanes. A unas 30 millas náuticas del muelle de Punta Arenas. El Fernandé flota a tres cables de la costa, protegido de todos los vientos menos los del sudeste. Los 72 pies de aluminio del ketch francés ya recorrieron los canales y fiordos desde Ushuaia y no hay prisa evidente en la espera de los dos tripulantes que llegan, retrasados, desde Buenos Aires con escala en Río Gallegos, provincia de Santa Cruz y en Punta Arenas, bien al sur de Chile.


Vuelo desde Buenos Aires. Luego, tres horas de remise desde Río Gallegos hasta Punta Arenas. Y media hora más hasta Puerto del Hambre, con un chofer argentino empecinado en convencernos que la belleza de la capital santacruceña supera incomparablemente al aburrimiento arquitectónico de Punta Arenas. No hay forma de pelearle al amor por la polvorienta Río Gallegos que habita el señor conductor, no importa que la belleza de ambas ciudades sea inversamente proporcional a la subjetiva mirada del remisero santacruceño.


En la playa estrecha de Bahía Mansa se amontonan los canastos con erizos de mar. El viento del mediodía nos recuerda que mayo no es el mejor mes para olvidarse del frío cuando el plan es navegar más de mil doscientas millas entre ese estrecho oeste del Estrecho de Magallanes y el puerto de Mar del Plata. Aún no abordamos el Fernande y no tenemos por qué saber que se nos vienen dos semanas de temperaturas rozando el bajo cero sobre cubierta, y, al mismo tiempo, tórridos 26 grados en los camarotes e interiores del velero. Mejor no apurar el relato. Fernandé es un velero dotado de mil secretos increíbles, pero aún no abordamos.


La apariencia de la falta de prisa era eso, apariencia. La radio control del puerto de Punta Arenas ha puesto a nuestro capitán en aviso de nuestro retraso y la impaciencia tiene justificación. Un frente se aproxima y debemos apurar los tiempos para intentar recorrer las 30 millas lineales del Puerto del Hambre hasta Punta Arenas antes que el viento de jeta complique demasiado la navegación y la arribada al desprotegido muelle del puerto.


Bastó pisar la playa de la Bahía Mansa para divisar el bote auxiliar rojo del Fernande con proa a sus nuevos tripulantes. Saludos acelerados, mochilas y trajes de agua al bote y de regreso al velero. Hay que levar anclas cuanto antes.


La majestuosidad de los 72 pies de eslora y más de 5 de manga fue en aumento a medida que nos acercábamos a la borda de embarcada. El velero, enorme desde la costa, se transformó en una grandiosa y estilizada nave al abordarla. Pero el capitán llevaba 15 años dominando esa mole de aluminio, cabos pesadísimos y dos palos interminables y su única intención, inmediata, era zarpar y poner proa a Punta Arenas. Nada de presentaciones, recorridas de maniobras, ni más demoras. Ya tendríamos tiempo de conocer a los demás tripulantes. Treinta millas hasta la escala obligada en Punta Arenas, en siete u ocho horas, con el viento de proa, no dejaban margen para las formalidades.

@Google Earth


Ancla liberada, motor apoyando la zarpada y velas de proa, mayor y mesana arriba. Navegamos. Dejamos atrás Punta Askwe en pocos minutos. Primer borde con rumbo a la punta norte de la Isla Dawson, para ganar barlovento, alejarnos de las rocas afiladas de la Bahía Mansa y buscar el segundo borde rumbo a Punta Arenas. El barco parece navegar sin tripulación, se acuesta sobre la banda de estribor y gana velocidad en minutos. Los 10 nudos se apuntan como nuestra nueva velocidad de crucero. Volamos más que navegar. Las olas cruzadas del Estrecho salpican la proa.


Las 30 millas no van a ser 30 millas. No hay forma de llegar al puerto con un rumbo directo. El frente se acerca, pero no nos apura. Habrá tiempo navegando a ese ritmo. Fernande y su capitán comienzan a mostrar que esas aguas son terreno conocido y los tripulantes recién embarcados sólo podemos admirar la aparente facilidad con la que las maniobras se suceden. Somos espectadores, apenas espectadores. Veinte, tal vez treinta años de navegación en solitario son suficientes para que el capitán ejerza su soberanía absoluta sobre el timón y las escotas de genoa, trinqueta, mayor y mesana. El Fernande esconde mil secretos como todo gran velero, pero en aquellos primeros minutos tras la zarpada, desplegar las velas de proa, izar la mayor y la mesana y trimar el barco para que navegue cortando el agua a 10 nudos fueron acciones que parecieron ocurrir sin que fueran necesarias manos para ejecutarlas.


Desde Puerto del Hambre, algo más de 12 millas nos separan de la costa de la Isla Dawson, con rumbo 90 clavado. El viento está en los 40 o 50 grados. Aunque el Fernande ciñe, y ciñe muy bien, la proa avanza más cómoda con un rumbo 110. El plan es tirar el segundo borde al norte para toparnos con Punta Arenas en pocas horas, razón suficiente para ganar todo el barlovento posible recorriendo el ancho del canal que separa la costa continental del Estrecho de Magallanes y la isla.


El norte de la isla se ve claro y más árido que el sur verde, donde las lluvias pegan desde el Pacífico. Hay una primera sensación interna que provoca el Estrecho, a bordo de un velero que vuela sobre aguas heladas, que esconden pedazos de glaciar aquí y allá. Se confunden instantáneamente las brizas del mar con un recuerdo que ahora resulta absurdo. De niño, las horas de las tardes de invierno en las calles de tierra de una Santa Rosa helada, en La Pampa más helada aún, pasaban sin pausa con el viento en la cara, pedaleando mi bicicleta azul rodado 16. Esa libertad del viento en la cara, potente y develada desde el primer día, era apenas una sensación física que parecía ocultar algo más profundo, la felicidad de la soledad disfrazada de aire congelado en el rostro. El velero es majestuoso y arrasador de vientos y mares, y mi estúpido recuerdo decide recostarse en tardes de invierno de pedalear en La Pampa…


Los nombres de la carta de navegación comienzan a definir una escenografía pasada que no se corresponde con la seguridad que nos da el velero. Apuntamos al norte de la isla Dawson y no alcanzamos a ver lo que sigue hacia el este, pero la carta nos indica que si la bordeáramos nos toparíamos con Bahía Inútil. Son títulos poco nobles que sólo pueden obedecer a criterios prácticos de marinos que pasaron por allí cientos de años atrás. Lo de inútil fue indiscutible desde que los primeros veleros la surcaron. Demasiado grande como bahía, demasiado desprotegida y con pésimo fondo para las anclas.


Desde la partida misma estamos marcados por ese designio de nombres que son la crónica de temores, heroísmos incalculables, naufragios y fortunas halladas o extraviadas de la mano de un temporal, una encalmada eterna o un viento de dirección improbable, como ese que ahora nos hará ceñir para alcanzar Punta Arenas rumbo al norte. La zarpada desde Puerto del Hambre, con rumbo 90 hacia Dawson, marcados desde la playa que el corsario inglés Thomas Cavendish llamó Port Famine, en 1587, por la cantidad de cadáveres sin enterrar de colonos españoles que fundaron, y no sobrevivieron, su Ciudad del Rey Felipe, fue el comienzo de un tiempo interior que aún perdura.


El sentido de libertad es un absurdo lugar común en la vida de millones de miserables como yo. Hasta que surge de la nada. Las gotas de ese mar intermedio entre el Atlántico y el Pacífico que ahora empapan mi campera de mar comienzan a borrar lo absurdo del supuesto lugar común. Ahora todo es viento en la cara. Diecisiete años después de esa briza de mar, una noche de invierno en Buenos Aires, habría de recordar ese rumbo Este clavado, la sal del Estrecho comenzando a impregnar mi traje de agua amarillo. La libertad del mar de esos días de mayo comenzó a socavar cada milímetro de una existencia de serena y voluntaria comodidad. Ya nada sería como fue. Imposible imaginar entonces que un rumbo de velas cazadas fuera a deshilachar tan a fondo el sentido más básico del día a día en la vida del tripulante invitado del Fernande.


El capitán volvió a cierto estatus de conexión con la vida cuando el velero se plantó firme en su rumbo y el piloto automático, invento surrealista del propio capitán, gobernó el Fernande con gracia y sin provocar bandazos. Tras la zarpada conocimos a su mujer, sus dos hijas y un hombre bastante mayor del que ni su nombre grabé, pero que asumo era el abuelo de las niñas. Al cabo de las horas, desembarcaría en Punta Arenas y en el Fernande quedaríamos los dos tripulantes retrasados, el capitán, su esposa y las dos niñas. No recuerdo sus nombres. Eran niñas que tenían el océano y la Antártida en la mirada. Para el capitán, el más cruel déspota con la tripulación de dos recién llegados, eran Mayor y Mesana, las niñas de sus ojos y las verdaderas gobernantes de las siguientes semanas.










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