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Cinco Océanos

  • Foto del escritorDario D'Atri

Navegar sin viento desde Uruguay a la Argentina

Treinta millas nos separan de Buenos Aires. Regreso desde Colonia, Uruguay tras dos años de pandemia. El día más bello. El viento faltó a la cita.

No se trata de exagerar los esfuerzos. Mucho menos de romper la paz interior ganada luego de tres días de navegación rioplatense, regreso y paseos por Colonia del Sacramento, Uruguay, tras dos años y medio de pandemia, cierres de fronteras exagerados y sin sentido ahora olvidados. Se trata de navegar. A eso vinimos. Si el viento faltó a la cita, el problema es del viento.

Para ser más realista, ¿cuánto viento es cero viento?. Cero es cero, diría un sofisticado amigo ingeniero que ha pasado largas horas de su larga vida estudiando matemáticas. No todos coincidimos. Hay ceros y ceros.

La zarpada tempranera de la mayoría de los veleros que atestaron el muelle uruguayo durante el fin de semana fue con rachas de 25 nudos, cómo para pensar en desenredarse con facilidad de la jungla de cabos cruzados, boyas de popa hundidas por la costumbre de sobrecazar los barcos para evitar la desgracia de una proa contra el muelle en plena madrugada (maldito norte nocturno que nunca falla en ese maravilloso puerto), y los apuros por llegar temprano cuando todo indica que lo contrario es lo que corresponde a un buen vago.

La zarpada al mediodía es más cómoda, sin cabos enredados, sin riesgos de bandas maltratadas... y sin viento. ¡Nadie es perfecto!



Zarpar recogiendo los cabos cruzados de popa a mano, lentamente, hasta alcanzar la boya y desenganchar los automáticos (nombre absurdo porque nunca funcionan si no es manualmente). Revisar proa, bandas y popa para garantizar que no hayan quedado cabos que nos obliguen a un buceo "de hélice", sin visión y sobre todo en aguas congeladas de invierno. Todo listo, máquina para esquivar sin riesgos los veleros al borneo, hasta alcanzar Santa Rita, la baliza del Puerto Deportivo de Colonia.

Listo. Casi en río abierto. Las islas de San Gabriel, Farallón, de López y la maravilla de hacerse al ríomar del Plata rumbo a Buenos Aires. Rumbo sudeste para esquivar la laja que nos marca la boya cardinal a pocos cables del muelle del puerto y desde allí, cara al sol del mediodía invernal, sólo sentir la felicidad que puede generarnos algo tan rutinario, sin pagos ni recompensas como navegar.

La costa pedregosa nos ayuda con una brisa pasajera que se esfuma al cabo de dos o tres millas. El pronóstico, como en economía, volvió a fallar y el regreso a motor es impensable, una pesadilla. Demasiado río, demasiada inmensidad, demasiado sol tibio de agosto para rendirnos a la evidencia de estar a bordo de un barco que navega gracias al viento, en un día sin viento.

Flotamos. Mejor dicho, navegamos a medio nudo... de costado, una deriva hacia babor por la corriente que baja fuerte... pero navegamos. El Windex del tope del palo gira sin ganas y sin voluntad alguna de transmitirnos algo de esa esperanza de mares y ríos llamada viento. La mayor y la genoa dos son capas de fantasmas de Halloween que avergüenzan al capitán, al velero y a siete mil años de navegación a vela (sin exageraciones...).

Media hora, una hora... hay cervezas frías para un larga calma, pero falta paciencia en parte de la tripulación. Por suerte son sólo dos partes, pero la parte impaciente puede amotinarse en cualquier momento.

Genoa afuera y mayor cazada. No, mejor, genoa afuera y mayor a los obenques. Mejor aun, rumbo de ceñida con velas poco tensas y a navegar hasta el Atlántico si hace falta, buscando algo de aparente.... No hay peor engaño que el auto engaño de un capitán sin viento....

Seguimos derivando y la proa apunta a Quilmes. Pronto, La Plata será nuestra próxima parada si seguimos navegando de costado. Por suerte hasta aquí no llegan los drones amateurs, ni quedarán registros de este formato de navegación a lo cangrejo.

Paciencia y cervezas...

Todo llega y llega un nudo de viento: casi 1.900 metros de aire por hora que golpean feroces al velero. Mayor abierta y todo bien flojito para embolsar hasta las mariposas que nos pasan como aviones.

No hay muchos cambios. Hay que esperar más viento. Probemos el spinnaker. Simétrico, viejito, fiel, único en el sentido matemático de la palabra.

Las escotas normales pesan demasiado, el tangón no suma y no hay forma de trabuchar y tirar bordes con facilidad, sobre todo porque hacerlo es correr un serio riesgo de que se caliente la cerveza. El sol de invierno sigue siendo sol. Dura la vida del navegante solitario de vientos.

¿Y si bajo la genoa para quitarle peso a la proa? ¿Lo mismo con las dos anclas, cadenas y cabos de fondeo? Humm, demasiado esfuerzo y las cervezas frías comienzan a escasear. No hay Diclofenac ni Blokium que alcance en el botiquín del barco. Mejor dejamos todo como está.

La ley del menor esfuerzo suele venir de la mano de ideas impensadas y siempre positivas. No se trata sólo de no cansarse, sino de descansar con astucia e inteligencia. (Mendieta, el perro, lo hubiera dicho mejor).

Afuera escotas de spinnaker. Bienvenidos los cabos más livianos del barco. Esos que se compran para nada y te salvan la tarde. Spinnaker arriba, cabos ultra ligeros transformados en escotas, nada de tangón, mejor un tack armado con un cabo que nunca imaginó semejante honor.

Las velas atraen el viento y en las calmas, más. El nudo de brisa de repente se transforma en uno y medio, o dos y la mayor a babor y el spinnaker a estribor hacen su trabajo. El velero navega como un velero. El agua suena en la proa y remolinea apenas en la popa. Timón finito y popa bien redonda para aguantar todo lo que se pueda el óleo Oreja de Burro y Río. del Plata que pinta el barco en este momento.

El trimmer de spinnaker, el de mayor, el timonel, el barman y el capitán funcionan como si fueran un equipo de uno. Reloj suizo. El barco navega y las velas hinchadas siguen atrayendo más viento. Soplan 3, 4, 5 nudos y navegamos a 3, 4, 5 nudos.

El atardecer y la costa argentina llegan con esos maravillosos vientos suaves del norte y hasta noroeste, necesarios para corregir la deriva al sudeste y llegar a puerto en ceñida. Gracias spinnaker. La paciencia y la ley del menor esfuerzo pagaron. Seis horas y algo más, calmas incluidas y con cervezas aún frías a bordo.






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